Tan
pronto como a ‘Abdu’r-Rahman III le sucedió su hijo,
Al-Hakam II, a quien todos ofrecieron su lealtad en medio de ceremonias
y pompa, los cristianos trinitarios que habían estado esperando
su momento oportuno atacaron desde el norte, pero Al-Hakam II respondió
rápidamente, liderando personalmente el ejército musulmán,
y los cristianos fueron repelidos. De manera similar, los shiítas
del norte de África atacaron desde el sur y también fueron
repelidos. Hubo aun otro ataque más por parte de los vikingos,
pero también fueron echados, y de esa manera la paz y la estabilidad
que había existido durante buena parte del reinado de ‘Abdu’r-Rahman
II prosiguió.
Mientras
que su padre se había deleitado en las construcciones, la pasión
de Al-Hakam II eran los libros:
“Él
reunió consigo tal colección de libros que es imposible
estimar aun de manera aproximada ya sea su valor o el número
de los mismos, afirmando algunos escritores que su número era
de cuatrocientos mil volúmenes, y que cuando fueron sacados
(del palacio) dicha operación tomó seis meses ...
Hizo
que se transportaran a Córdoba de cada país trabajos
sobre todos los temas, sin importar lo remoto que fuera el país,
derrochando sus tesoros en la adquisición de los mismos, hasta
que el número de los libros fue tal que ya no podían
guardarse en sus librerías. Le gustaba tanto la lectura que
prefería el placer de examinar detenidamente sus libros a todos
los placeres que la realeza puede proporcionar, por lo cual aumentó
considerablemente su conocimiento, duplicó la información
que conocía y perfeccionó su discernimiento ...
No
había un solo libro en la librería de Al-Hakam, sin
importar del tema de que se tratara, que el califa no hubiera examinado,
escribiendo en la guarda el nombre, el apellido, y el patronímico
de autor, la tribu o la familia a la que pertenecía, el año
de su nacimiento y de su muerte, luego de lo cual seguían anécdotas
muy interesantes del autor o de su obra que había derivado
de su inmensa lectura de otros escritores”. (58)
Como
todos sus antecesores, Al-Hakam II no se colocó por encima de
la ley, y así como sin duda su padre, trató de asegurarse
de que el Qur’an y la Sunnah fueran seguidos:
“Al-Hakam
fue un gobernante justo y culto; asistía a al culto público
cada viernes, y distribuía limosnas entre los pobres. Siendo
él mismo muy estricto en la observancia de sus obligaciones
religiosas, hizo que los preceptos de la Sunnah sean reforzados a
lo largo de todos sus dominios. Al notar que el uso de vino y otros
licores espirituosos prohibidos por la ley se había convertido
en algo muy común en Andalus, debido a la tolerancia o negligencia
de los sultanes anteriores, ordenó que todos los vinos en sus
dominios fueran extirpados de la tierra, pero habiéndole dicho
uno de sus más sabios consejeros que mucha gente pobre sería
arruinada como consecuencia de la medida y que más aun, si
la gente estaba inclinada a pecar podrían importar vino de
los países cristianos o hacerlo ellos mismos con higos u otras
frutas con cualidades embriagantes, revocó la orden, aunque
instruyó a los Qadis y a otros funcionarios públicos
que inflingieran céleres castigos a todos aquellos que fueran
condenados por haber hecho transacciones con licores espirituosos,
o por haberlos usado en matrimonios u otras festividades” .
(59)
Siempre
hay un punto en cualquier línea de una dinastía cuando
aparece un débil eslabón y entonces se rompe la cadena.
O bien el próximo en la cadena es aun un niño cuando muere
su padre, o bien es un idiota o débil en cualquier otro aspecto,
y por tanto completamente incapaz de ser un gobernante y líder
de la gente. Ésta es una de las principales razones pro las que
las dinastías han llegado a su fin.
El
tiempo transcurrió y en el 366 AH (976 EC) Al-Hakam II murió,
y en este punto fue cuando apareció el eslabón débil
en la dinastía de los Umayyads en Andalus: Al-Hakam II había
dejado sólo un hijo, Hisham, que sucedió automáticamente
le sucedió como ‘califa’ pero que, teniendo sólo
nueve años, jamás gobernó como tal. El hombre que
verdaderamente asumió el poder, Muhammad ibn Abi ‘Amr,
a quien se le conoció entonces como Al-Mansur, había sido
el Hajib, o chambelán, en la corte de Al-Hakim II.
Actuando
supuestamente en interés de Hisham II, Al-Mansur procedió
a eliminar a todos aquellos que deseaban tomar el poder, incluyendo
al hermano de Al-Hakam II que murió repentinamente, al haber
sido estrangulado, y luego asumió el control del claifato.
Habiendo
establecido su autoridad, en nombre de Hisham II, Al-Mansur siguió
el ejemplo de ‘Abdu’r-Rahman III y así como amplió
la gran mezquita de Córdoba aun más, también procedió
a tener otro palacio, que llamó Az-Zahira, erigido en las orillas
del Guadalquivir, no lejos de Az-Zahra:
“Debemos
mencionar otro palacio y otra ciudad construidos por el famoso Hayib,
Muhammad ibn Abi ‘Amir, usualmente conocido como Al-Mansur,
aunque la información de que disponemos a este respecto no
es tan amplia como desearíamos. Sabemos que existió
a alguna distancia de Córdoba a orillas del Guadalquivir y
que era una estructura de las más espléndidas, secundando
el palacio de Az-Zahra, construido por ‘Abdu’r-Rahman
III; pero debido a la circunstancia de su destrucción por los
bereberes, poco después de la muerte de su fundador, durante
las desastrosas guerras civiles que hicieron caer el tambaleante trono
de los califas, su memoria pronto se borró y los relatos que
nos han llegado sólo nos proporcionan algunos detalles ...
El
edificio, que se alzaba a orillas del Guadalquivir, no lejos de
az-Zahra, se empezó en el año trescientos sesenta y ocho de la
Hégira (978 EC); su mayor parte se completó en dos años.
Al-Mansur se retiró a él con su familia, sirvientes,
guardia y allegados en el año trescientos setenta (980 EC).
Además, estableció en él las oficinas del Estado,
construyó almacenes para cereales y edificó molinos,
también dio las tierras adyacentes a sus wazirs, katibs, generales
y favoritos, quienes no tardaron en construir magníficas casas
y palacios y plantar jardines en los aledaños; gente de todas
clases sociales y profesiones, ansiosa de tener sus moradas cerca
del jefe del Estado, siguieron su ejemplo y construyeron alrededor
de él; así que en muy poco tiempo los suburbios de az-Zahira
se juntaron con los de Córdoba.
Recuerdo
haber leído en un libro de historia, en una composición
del autor del Kitab al-Azhar wa’l-Anwar que vi en la librería
de Fez, la siguiente anécdota respecto a Al-Mansur y el esplendor
y la magnificencia con la que solía rodear a su persona mientras
residía en el palacio de Az-Zahra (sic):
Vinieron
una vez a la corte de Al-Mansur embajadores del más poderoso
de los reyes cristianos del Andalus. Su propósito era conocer
la verdadera fuerza de los musulmanes y obtener, de ser posible,
un conocimiento de sus asuntos internos.
Tan
pronto como Al-Mansur oyó de la llegada de los mismos dictó
órdenes para que les dieran adecuado recreamiento, y empezó
a hacer preparativos previos a admitirlos en su presencia. Ordenó
que un vasto lago, de varias millas de extensión, que estaba
en los jardines de Az-Zahira, fuera plantado enteramente con lirios
de agua; entonces hizo que cuatro qintars de oro y cuatro qintars
de plata fueran repartidos en tantas piezas pequeñas como lirios
de agua hubiera en el lago, y ordenó que se introdujera cada
una de esas piezas en la cavidad de cada lirio.
Habiendo
sido cumplido todo ello según sus instrucciones, Al-Mansur
despachó a un mensajero ante los embajadores cristianos y les
ordenó que se aparecieran en su presencia la mañana
siguiente al alba. Los cristianos hicieron lo que se les pidió
y encontraron a Al-Mansur sentado en el gran salón de su palacio,
contemplando el lago desde un balcón. A la salida del sol mil
esclavonios vestidos con ropas de seda bordadas con oro y plata, con
sus cinturas ceñidas de bandas de tejido de oro, llevando en
sus manos bandejas de oro y plata, hicieron su aparición,
y los embajadores quedaron muy impactados al ver la belleza de la
apariencia personal de los mismos, la magnificencia de sus vestidos
y ornamentos, y el orden admirable en el que se colocaron a uno y
otro lado del trono de Al-Mansur, los quinientos con vestidos de
tejido de oro y bandejas de oro a la derecha, y los quinientos con
vestidos de tejido de plata y bandejas de plata a la izquierda.
Los
cristianos, mientras tanto, sin conocer lo que ocurría, estaban
mudos de asombro, y cuando los primeros rayos de sol brillaron sobre
los lirios de agua en el lago, todos los esclavonios dejaron sus posiciones
a una señal del encargado de los mismos. Se apresuraron en
llegar a dicho lugar y comenzaron a arrancar las flores, poniendo
aquellas que tenían las piezas de plata en las bandejas de
oro, y las que tenían las piezas de oro en las bandejas de
plata, y cuando cada lirio de agua había sido arrancado y colocado
en una bandeja de plata o de oro, , aparecieron nuevamente en presencia
de Al-Mansur y depositaron lo que habían recogido a sus pies,
levantándose entonces una montaña de oro y plata ante
su trono.
Cuando
los embajadores cristianos vieron esto, quedaron sobrecogidos de
asombro, y quedaron profundamente convencidos de los inmensos recursos
e incontables tesoros de Al-Mansur; se dirigieron a él en los más
humildes términos, pidieron una tregua, que les fue concedida,
y regresaron a su país, donde dijeron a su rey: ‘No le
hagas la guerra a esta gente pues, por el Señor, hemos visto
a la tierra rendirle sus tesoros ocultos’.
Cuenta
Abu Idris Al-Khawlani que mientras Al-Mansur estaba un día
en su palacio de Az-Zahira, reflexionando acerca de sus preciosidades,
escuchando el murmullo de los fluentes de agua y los cantos de las
raras aves que había, deleitando sus ojos con el verde esmeralda
de las enramadas y las praderas –toda su alma habiendo sido
absorbida rápidamente en la contemplación de las múltiples
bellezas rodeándole a cada lado- de pronto corrieron lágrimas
por sus mejillas y exclamó con profundo pesar, ‘¡Oh
Az-Zahira, que el Señor Todopoderoso pueda salvarte de las
manos del demonio de la guerra, quien dentro de poco te alcanzará
con su destrucción!’. Y Al-Mansur, tras decir esto, lloró
amargamente y ocultó su rostro entre sus manos ...
Dijo
Al-Mansur, ‘Que Allah permita que mi predicción no sea
realizada, pues si mis presentimientos me dicen la verdad, el fuego
de la guerra civil prontamente rabiará dentro de los precintos
de este palacio y todas las bellezas de Az-Zahira serán dentro
de poco borradas, todas las huellas de las mismas desaparecerán
de la faz de la tierra, esta espléndida mansión será
abatida y convertida en un montón de ruinas, sus jardines se
transformarán en tristes desiertos, mis tesoros serán
derrochados y dispersados y lo que antes era un lugar de placer y
alegría se transformará en un lugar de desolación
y ruina ...’
Cuentan
que un hombre santo que vivía en aquellos tiempos, uno de esos
musulmanes piadosos cuyos pensamientos están consagrados a
Allah, habiendo dirigido una vez sus pasos hacia Az-Zahira, al llegar
a esta le chocó tanto la magnificencia y tamaño del
edificio, la lujosa y excelente composición de los jardines
y la profusión de costosos ornamentos y dorados que en ella
se prodigaban, que no pudo por menos que exclamar: ‘¡Oh
palacio de reyes!. Cada casa de este país ha contribuido a
tu ornamentación y perfección; también tú
cuando estés en ruinas proveerás materiales para cada
casa’.
Pocos
días después de que este santo hombre hiciera su oración,
los tesoros de Az-Zahira fueron saqueados en su totalidad y esparcidos
por todo el país y el edificio mismo fue arrasado quedando
a ras del suelo, como hemos dicho previamente, a raíz de la
horrenda y desastrosa guerra civil que se desencadenó en Andalus
y de la cual ninguna familia o tribu escapó sin contribuir
con alguna víctima. ¡Las alabanzas pertenecen a Allah,
Cuyos decretos son infaliblemente ejecutados sobre Sus criaturas!
¡No hay Dios sino El, el Exaltado, el Inmenso!”. (60)
Cada
vez más y más musulmanes en Andalus estaban tan deslumbrados
con la riqueza que había propiciado el florecimiento del Islam
en Andalus, que se volvieron ambiciosos por este mundo y olvidadizos
de la vida futura y de su Creador. Tan maravillados estaban con el trabajo
de sus propias manos, que no veían los signos que había
en ellos mismos y en el horizonte.
Aquellos
que, en el pasado, habían estado preocupados únicamente
a Allah, estaban preparados para luchar tan solo por Allah, en el camino
de Allah. Aquellos que, en un tiempo posterior, empezaron a preocuparse
e involucrarse con formas y estructuras inevitablemente se pusieron
a luchar por ellas. Las diferencias entre las distintas tribus árabes
y los diferentes grupos étnicos que habían existido antes
de la venida del Islam y que sólo habían desaparecido
donde y cuando el Islam era practicado, reaparecían dondequiera
y cuandoquiera que la práctica del din del Islam empezaba a
ser desatendida y abandonada.
Los
inmensos tesoros que fluyeron a Andalus como resultado de que los
musulmanes pusieran el din en acción, también se convirtieron en
motivo de contienda una vez que empezaron a abandonar su din, y aunque
la guía completa del Islam siempre estaba al alcance de aquellos
que deseaban seguirla, llegó a ser cada vez más difícil
hacerlo, a medida que la gente lo ignoraba.
Este
inevitable proceso de degeneración (pues luego de que el árbol
ha florecido y dado frutos durante muchas estaciones, debe inevitablemente
marchitarse y morir), culminó en una serie de desastrosas guerras
civiles que empezaron después de la muerte de Al-Mansur, cuyo
aparentemente poderoso gobierno sólo fue suficiente para contener
pero no para disipar las divisiones cada vez más profundas divisiones
que se ocultaban debajo de la superficie de la sociedad musulmana en
Andalus al final del décimo siglo EC.
Al-Mansur
fue el último de los gobernantes ‘famosos’ durante
el primer florecimiento del Islam en Andalus. Aunque había adquirido
su posición mediante intrigas políticas y no por haber
sido elegido de acuerdo con al Qur’an y la Sunnah por los musulmanes
del Andalus como un todo, era de todos modos un hombre de acción,
que había tomado lo que parecía ser el mejor curso de
acción en las circunstancias, y que asumió sus responsabilidades
seriamente , y que fue notorio por sus decisivas acciones y su celo,
como la siguiente anécdota, que ha sido preservada bajo la autoridad
de Shu’alah, ilustra:
“Le
dije una noche a Al-Mansur, percibiendo que estaba reflexionando,
‘Temo que nuestro señor queda despierto mucho tiempo
en la noche, y que su cuerpo desea más sueño y descanso
del que se le permite, y sin embargo no hay nadie mejor enterado de
los efectos nocivos producidos por la carencia de un adecuado descanso
sobre los nervios’.
Él
respondió, ‘Oh Shu’alah, los reyes nunca deberían
dormir mientras sus súbditos descansan, pues si yo hubiera
de tener un descanso completo, no habría en toda esta ciudad
nada más que gente habituada a dormir’”. (61)
Al-Mansur
fue muy activo contra los cristianos trinitarios del norte, quienes,
sabedores del inminente colapso de la unidad entre los musulmanes
en Andalus, habían emprendido sus primeras incursiones en las tierras
gobernadas por aquéllos. Al-Mansur encabezó en total cincuenta
y dos campañas contra los cristianos, dos cada año, y
en el año 997, en la campaña número cincuenta,
tomó Santiago de Compostela, el lugar donde pretendidamente está
enterrado San Juan el Apóstol.
Cuando
los musulmanes llegaron a Santiago todo el mundo se había marchado
excepto un monje al que se permitió marchar libremente. La tumba
no se tocó, pero todos los edificios fueron destruidos, incluyendo
la abadía, pues ésta se había convertido en un
punto de reunión de los cruzados contra los musulmanes en Andalus.
Como señala Américo Castro, esto sólo incrementó
la fe de los cristianos trinitarios en Santiago, su salvador nacional,
“cuyo nombre se convirtió en el grito nacional de guerra,
en oposición al grito de los sarracenos”, así como
se incrementó su decisión de devolver golpe por golpe:
“El
Santiago español es inseparable del prolongado deseo de aquellos
que vieron y encontraron en él un auxilio y el significado
de su existencia; es inseparable de las vidas de quienes vivieron
su creencia, una fe defensiva, labrada y vuelta a labrar por la continua
necesidad de la gente de mantener tenazmente la misma en su control.
Los
musulmanes en España percibieron esto tan claramente que cuando
Al-Mansur, en la cumbre de su poder, juzgó necesario asestar
el coup-de-grâce contra la cristiandad del norte, destruyó
y dispersó las comunidades religiosas de León y Castilla
y finalmente destruyó el templo del Apóstol (997). Sólo
respetó el área claramente definida en donde se mantenía
la reliquia sagrada, en un gesto extremo de respetuosa tolerancia.
Los musulmanes sabían que el poder de los objetos sagrados
no estaba limitado por los confines del Islam.
Hizo
trasladar a Córdoba las campanas del templo como trofeo, en
las espaldas de los cautivos, y allí las hizo fundir y las
convirtió en lámparas para la gran mezquita de Córdoba.
El
daño producido por este rayo islámico no hizo sino aumentar
la fe en la reliquia sagrada, tan sagrada que ni siquiera el mismo
Al-Mansur tuvo éxito en destruirla”. (62)
Desgraciadamente,
Al-Mansur también destruyó otros lugares de adoración
de los cristianos en sus campañas y esto provocó inevitablemente
actos de venganza similares una vez que los cristianos empezaron a ganar
posiciones en Andalus. Sin duda, fue posiblemente como consecuencia
de las acciones de Al-Mansur, que cuando Córdoba fue posteriormente
tomada por los cristianos trinitarios, unos doscientos cincuenta años
luego, en 1236, no sólo las campanas de Santiago de Compostela
regresaron allí a donde habían sido tomadas, esta vez
a las espaldas de musulmanes cautivos, sino que además una espantosa
catedral fue triunfantemente construida en medio de la gran mezquita
de Córdoba, donde aun subsiste hasta la fecha.
Entre
las acciones meritorias de Al-Mansur, se recuerdan en particular las
siguientes:
“Escribió
de su propio puño y letra un Qur’an que llevaba siempre
en sus campañas militares, y que leía constantemente.
Tenía la costumbre de recoger y guardar todo el polvo que se
adhería a sus vestidos durante sus marchas a tierra de los
infieles o en sus batallas contra ellos. Así pues, cuando se
paraba en un sitio, sus sirvientes recogían cuidadosamente
el polvo en pañuelos, hasta que llenar una bolsa de buen tamaño,
que él siempre llevaba consigo, con intención de mezclarlo
con perfumes para embalsamar su cuerpo. También llevaba consigo
su mortaja; así estaba preparado para encontrarse con la muerte
dondequiera que le llegase. El sudario estaba hecho de lino cultivado
en las tierras que heredó de su padre e hilado y tejido por
sus propias hijas. Solía pedir constantemente a Allah que
le permitiese morir en Su servicio y en la guerra contra los infieles
y este deseo le fue otorgado.
Se
hizo célebre por la pureza de sus intenciones, el conocimiento
de sus propias acciones erróneas, el temor de su Creador, sus
numerosas campañas contra los cristianos y muchas otras virtudes
y hechos que llevaría demasiado tiempo enumerar. Siempre que
se mencionaba el nombre de Allah en su presencia, él nunca
dejaba de mencionarlo también; y si alguna vez se veía
tentado de cometer cualquier acto que pudiese merecer el castigo de
su Señor, invariablemente resistía la tentación.
Sin perjuicio de esto, gozó todos los placeres de este mundo,
que hacen el deleite de los reyes, con la sola excepción del
vino, cuyo uso dejó completamente dos años antes de
que muriera”. (63)
Al-Mansur
enfermó y murió durante el Ramadán del 392 AH (1002
EC), cinco años luego del saqueo de Santiago de Compostela, mientras
hacía su campaña número cincuenta y dos contra
los cristianos. Su hijo, Al-Muzaffar, le sucedió, pero murió
sólo seis años luego. Apenas enterrado surgió una
disputa por el liderazgo de los musulmanes en Andalus, entre la familia
de Al-Mansur, Hisham II, el hijo de Al-Kaham II y nieto de ‘Abdu’r-Rahman
III, quien habiendo servido de títere de Al-Mansur los veinticinco
años anteriores era aun incapaz de gobernar, y varios contendientes
más, incluyendo un hombre llamado Al-Mahdi, que finalmente se
hizo con el poder:
“Los
historiadores de aquella época representan a Al-Mahdi como
un hombre de costumbres depravadas, un gobernante tirano y un hombre
sangriento. Ibn Bassam dice que tenía un jardín en el
que las cabezas de sus enemigos estaban clavadas en estacas hundidas
en el suelo”. (64)
Al-Mahdi
siguió la misma suerte que los tiranos y fue al fin depuesto
y eliminado por una fuerza conjunta de musulmanes y cristianos, a quienes
los musulmanes habían pedido ayuda. La lucha por el poder continuó
y el país se vio sumido en la guerra civil, durante la cual los
palacios de los anteriores califas y la librería de Al-Hakam
II fueron destruidos, y muchos de los habitantes de Córdoba fueron
masacrados durante la revuelta de los bereberes en el 403 AH (1013 EC).
Comentando la situación general luego de la muerte de Al-Mansur,
Titus Burckhardt escribe:
“Al-Mansur
había reunido en sus manos todos los hilos del poder a tal
extremo que su muerte sólo podría haber sido seguida
por el colapso general, y él estaba consciente de esto. Bajo
su reinado, la España morisca alcanzó su más
grande y poderosa situación. Luego de su muerte en 1002, y
luego del corto período de gobierno de su hijo, Al-Muzaffar,
estallaron una serie de guerras civiles que llevaron a la destrucción
de parte de Córdoba. Madinat’az-Zahra, la magnífica
ciudad real, y Madinat’az-Zahira, el centro administrativo,
fueron quemados. En 1031 una revuelta de la gente de Córdoba
puso fin a la farsa de gobierno del último califa, Hisham III.
El califato español dejó de existir”. (65)
El
presentimiento que Al-Mansur experimentó en los jardines de Az-Zahira,
y la profecía del santo que había visto sus esplendores
con el ojo de la verdad, fueron ciertamente cumplidos, y no sólo
con respecto a Az-Zahira, sino también, como nota Al-Maqqari,
respecto a todo el Andalus musulmán:
“Se
ha hecho notar que luego de la muerte de Al-Mansur el imperio muhammadiano
en Andalus empezó a mostrar signos visibles de decadencia:
los cristianos, que durante la administración de aquel victorioso
Hajib habían sido reducidos a la condición casi de esclavos,
dejaron de lado todos sus temores iniciales y, asaltando el territorio
musulmán por todos lados con la más grande furia, asestaron
muchos golpes mortales contra el cuerpo decadente del Islam.
Aunque
los valientes Almorávides, y los aún más valientes
Almohades, detuvieron por algún tiempo la ruina de la causa
común, aun así sus espléndidas victorias no fueron
de utilidad, y escasamente dos siglos hubieron transcurrido de la
muerte de Al-Mansur, cuando Toledo, Zaragoza, Valencia, Córdoba,
Sevilla y otras importantes ciudades, que habían probado una
y otra vez ser baluartes inexpugnables, cayeron una tras otra en las
manos del enemigo de Dios, y prepararon el camino para la dominación
final de la península por los insolentes y maldecidos cristianos”.
(66)