Islam en Andalus

Ahmad Thomson & Muhammad 'Ata'ur-Rahim

Capítulo Dos

( Parte VI )

Los Musulmanes en Andalus

Tan pronto como a ‘Abdu’r-Rahman III le sucedió su hijo, Al-Hakam II, a quien todos ofrecieron su lealtad en medio de ceremonias y pompa, los cristianos trinitarios que habían estado esperando su momento oportuno atacaron desde el norte, pero Al-Hakam II respondió rápidamente, liderando personalmente el ejército musulmán, y los cristianos fueron repelidos. De manera similar, los shiítas del norte de África atacaron desde el sur y también fueron repelidos. Hubo aun otro ataque más por parte de los vikingos, pero también fueron echados, y de esa manera la paz y la estabilidad que había existido durante buena parte del reinado de ‘Abdu’r-Rahman II prosiguió.

Mientras que su padre se había deleitado en las construcciones, la pasión de Al-Hakam II eran los libros:

“Él reunió consigo tal colección de libros que es imposible estimar aun de manera aproximada ya sea su valor o el número de los mismos, afirmando algunos escritores que su número era de cuatrocientos mil volúmenes, y que cuando fueron sacados (del palacio) dicha operación tomó seis meses ...

Hizo que se transportaran a Córdoba de cada país trabajos sobre todos los temas, sin importar lo remoto que fuera el país, derrochando sus tesoros en la adquisición de los mismos, hasta que el número de los libros fue tal que ya no podían guardarse en sus librerías. Le gustaba tanto la lectura que prefería el placer de examinar detenidamente sus libros a todos los placeres que la realeza puede proporcionar, por lo cual aumentó considerablemente su conocimiento, duplicó la información que conocía y perfeccionó su discernimiento ...

No había un solo libro en la librería de Al-Hakam, sin importar del tema de que se tratara, que el califa no hubiera examinado, escribiendo en la guarda el nombre, el apellido, y el patronímico de autor, la tribu o la familia a la que pertenecía, el año de su nacimiento y de su muerte, luego de lo cual seguían anécdotas muy interesantes del autor o de su obra que había derivado de su inmensa lectura de otros escritores”. (58)

Como todos sus antecesores, Al-Hakam II no se colocó por encima de la ley, y así como sin duda su padre, trató de asegurarse de que el Qur’an y la Sunnah fueran seguidos:

“Al-Hakam fue un gobernante justo y culto; asistía a al culto público cada viernes, y distribuía limosnas entre los pobres. Siendo él mismo muy estricto en la observancia de sus obligaciones religiosas, hizo que los preceptos de la Sunnah sean reforzados a lo largo de todos sus dominios. Al notar que el uso de vino y otros licores espirituosos prohibidos por la ley se había convertido en algo muy común en Andalus, debido a la tolerancia o negligencia de los sultanes anteriores, ordenó que todos los vinos en sus dominios fueran extirpados de la tierra, pero habiéndole dicho uno de sus más sabios consejeros que mucha gente pobre sería arruinada como consecuencia de la medida y que más aun, si la gente estaba inclinada a pecar podrían importar vino de los países cristianos o hacerlo ellos mismos con higos u otras frutas con cualidades embriagantes, revocó la orden, aunque instruyó a los Qadis y a otros funcionarios públicos que inflingieran céleres castigos a todos aquellos que fueran condenados por haber hecho transacciones con licores espirituosos, o por haberlos usado en matrimonios u otras festividades” . (59)

Siempre hay un punto en cualquier línea de una dinastía cuando aparece un débil eslabón y entonces se rompe la cadena. O bien el próximo en la cadena es aun un niño cuando muere su padre, o bien es un idiota o débil en cualquier otro aspecto, y por tanto completamente incapaz de ser un gobernante y líder de la gente. Ésta es una de las principales razones pro las que las dinastías han llegado a su fin.

El tiempo transcurrió y en el 366 AH (976 EC) Al-Hakam II murió, y en este punto fue cuando apareció el eslabón débil en la dinastía de los Umayyads en Andalus: Al-Hakam II había dejado sólo un hijo, Hisham, que sucedió automáticamente le sucedió como ‘califa’ pero que, teniendo sólo nueve años, jamás gobernó como tal. El hombre que verdaderamente asumió el poder, Muhammad ibn Abi ‘Amr, a quien se le conoció entonces como Al-Mansur, había sido el Hajib, o chambelán, en la corte de Al-Hakim II.

Actuando supuestamente en interés de Hisham II, Al-Mansur procedió a eliminar a todos aquellos que deseaban tomar el poder, incluyendo al hermano de Al-Hakam II que murió repentinamente, al haber sido estrangulado, y luego asumió el control del claifato.

Habiendo establecido su autoridad, en nombre de Hisham II, Al-Mansur siguió el ejemplo de ‘Abdu’r-Rahman III y así como amplió la gran mezquita de Córdoba aun más, también procedió a tener otro palacio, que llamó Az-Zahira, erigido en las orillas del Guadalquivir, no lejos de Az-Zahra:

“Debemos mencionar otro palacio y otra ciudad construidos por el famoso Hayib, Muhammad ibn Abi ‘Amir, usualmente conocido como Al-Mansur, aunque la información de que disponemos a este respecto no es tan amplia como desearíamos. Sabemos que existió a alguna distancia de Córdoba a orillas del Guadalquivir y que era una estructura de las más espléndidas, secundando el palacio de Az-Zahra, construido por ‘Abdu’r-Rahman III; pero debido a la circunstancia de su destrucción por los bereberes, poco después de la muerte de su fundador, durante las desastrosas guerras civiles que hicieron caer el tambaleante trono de los califas, su memoria pronto se borró y los relatos que nos han llegado sólo nos proporcionan algunos detalles ...

El edificio, que se alzaba a orillas del Guadalquivir, no lejos de az-Zahra, se empezó en el año trescientos sesenta y ocho de la Hégira (978 EC); su mayor parte se completó en dos años. Al-Mansur se retiró a él con su familia, sirvientes, guardia y allegados en el año trescientos setenta (980 EC). Además, estableció en él las oficinas del Estado, construyó almacenes para cereales y edificó molinos, también dio las tierras adyacentes a sus wazirs, katibs, generales y favoritos, quienes no tardaron en construir magníficas casas y palacios y plantar jardines en los aledaños; gente de todas clases sociales y profesiones, ansiosa de tener sus moradas cerca del jefe del Estado, siguieron su ejemplo y construyeron alrededor de él; así que en muy poco tiempo los suburbios de az-Zahira se juntaron con los de Córdoba.

Recuerdo haber leído en un libro de historia, en una composición del autor del Kitab al-Azhar wa’l-Anwar que vi en la librería de Fez, la siguiente anécdota respecto a Al-Mansur y el esplendor y la magnificencia con la que solía rodear a su persona mientras residía en el palacio de Az-Zahra (sic):

Vinieron una vez a la corte de Al-Mansur embajadores del más poderoso de los reyes cristianos del Andalus. Su propósito era conocer la verdadera fuerza de los musulmanes y obtener, de ser posible, un conocimiento de sus asuntos internos.

Tan pronto como Al-Mansur oyó de la llegada de los mismos dictó órdenes para que les dieran adecuado recreamiento, y empezó a hacer preparativos previos a admitirlos en su presencia. Ordenó que un vasto lago, de varias millas de extensión, que estaba en los jardines de Az-Zahira, fuera plantado enteramente con lirios de agua; entonces hizo que cuatro qintars de oro y cuatro qintars de plata fueran repartidos en tantas piezas pequeñas como lirios de agua hubiera en el lago, y ordenó que se introdujera cada una de esas piezas en la cavidad de cada lirio.

Habiendo sido cumplido todo ello según sus instrucciones, Al-Mansur despachó a un mensajero ante los embajadores cristianos y les ordenó que se aparecieran en su presencia la mañana siguiente al alba. Los cristianos hicieron lo que se les pidió y encontraron a Al-Mansur sentado en el gran salón de su palacio, contemplando el lago desde un balcón. A la salida del sol mil esclavonios vestidos con ropas de seda bordadas con oro y plata, con sus cinturas ceñidas de bandas de tejido de oro, llevando en sus manos bandejas de oro y plata, hicieron su aparición, y los embajadores quedaron muy impactados al ver la belleza de la apariencia personal de los mismos, la magnificencia de sus vestidos y ornamentos, y el orden admirable en el que se colocaron a uno y otro lado del trono de Al-Mansur, los quinientos con vestidos de tejido de oro y bandejas de oro a la derecha, y los quinientos con vestidos de tejido de plata y bandejas de plata a la izquierda.

Los cristianos, mientras tanto, sin conocer lo que ocurría, estaban mudos de asombro, y cuando los primeros rayos de sol brillaron sobre los lirios de agua en el lago, todos los esclavonios dejaron sus posiciones a una señal del encargado de los mismos. Se apresuraron en llegar a dicho lugar y comenzaron a arrancar las flores, poniendo aquellas que tenían las piezas de plata en las bandejas de oro, y las que tenían las piezas de oro en las bandejas de plata, y cuando cada lirio de agua había sido arrancado y colocado en una bandeja de plata o de oro, , aparecieron nuevamente en presencia de Al-Mansur y depositaron lo que habían recogido a sus pies, levantándose entonces una montaña de oro y plata ante su trono.

Cuando los embajadores cristianos vieron esto, quedaron sobrecogidos de asombro, y quedaron profundamente convencidos de los inmensos recursos e incontables tesoros de Al-Mansur; se dirigieron a él en los más humildes términos, pidieron una tregua, que les fue concedida, y regresaron a su país, donde dijeron a su rey: ‘No le hagas la guerra a esta gente pues, por el Señor, hemos visto a la tierra rendirle sus tesoros ocultos’.

Cuenta Abu Idris Al-Khawlani que mientras Al-Mansur estaba un día en su palacio de Az-Zahira, reflexionando acerca de sus preciosidades, escuchando el murmullo de los fluentes de agua y los cantos de las raras aves que había, deleitando sus ojos con el verde esmeralda de las enramadas y las praderas –toda su alma habiendo sido absorbida rápidamente en la contemplación de las múltiples bellezas rodeándole a cada lado- de pronto corrieron lágrimas por sus mejillas y exclamó con profundo pesar, ‘¡Oh Az-Zahira, que el Señor Todopoderoso pueda salvarte de las manos del demonio de la guerra, quien dentro de poco te alcanzará con su destrucción!’. Y Al-Mansur, tras decir esto, lloró amargamente y ocultó su rostro entre sus manos ...

Dijo Al-Mansur, ‘Que Allah permita que mi predicción no sea realizada, pues si mis presentimientos me dicen la verdad, el fuego de la guerra civil prontamente rabiará dentro de los precintos de este palacio y todas las bellezas de Az-Zahira serán dentro de poco borradas, todas las huellas de las mismas desaparecerán de la faz de la tierra, esta espléndida mansión será abatida y convertida en un montón de ruinas, sus jardines se transformarán en tristes desiertos, mis tesoros serán derrochados y dispersados y lo que antes era un lugar de placer y alegría se transformará en un lugar de desolación y ruina ...’

Cuentan que un hombre santo que vivía en aquellos tiempos, uno de esos musulmanes piadosos cuyos pensamientos están consagrados a Allah, habiendo dirigido una vez sus pasos hacia Az-Zahira, al llegar a esta le chocó tanto la magnificencia y tamaño del edificio, la lujosa y excelente composición de los jardines y la profusión de costosos ornamentos y dorados que en ella se prodigaban, que no pudo por menos que exclamar: ‘¡Oh palacio de reyes!. Cada casa de este país ha contribuido a tu ornamentación y perfección; también tú cuando estés en ruinas proveerás materiales para cada casa’.

Pocos días después de que este santo hombre hiciera su oración, los tesoros de Az-Zahira fueron saqueados en su totalidad y esparcidos por todo el país y el edificio mismo fue arrasado quedando a ras del suelo, como hemos dicho previamente, a raíz de la horrenda y desastrosa guerra civil que se desencadenó en Andalus y de la cual ninguna familia o tribu escapó sin contribuir con alguna víctima. ¡Las alabanzas pertenecen a Allah, Cuyos decretos son infaliblemente ejecutados sobre Sus criaturas! ¡No hay Dios sino El, el Exaltado, el Inmenso!”. (60)

Cada vez más y más musulmanes en Andalus estaban tan deslumbrados con la riqueza que había propiciado el florecimiento del Islam en Andalus, que se volvieron ambiciosos por este mundo y olvidadizos de la vida futura y de su Creador. Tan maravillados estaban con el trabajo de sus propias manos, que no veían los signos que había en ellos mismos y en el horizonte.

Aquellos que, en el pasado, habían estado preocupados únicamente a Allah, estaban preparados para luchar tan solo por Allah, en el camino de Allah. Aquellos que, en un tiempo posterior, empezaron a preocuparse e involucrarse con formas y estructuras inevitablemente se pusieron a luchar por ellas. Las diferencias entre las distintas tribus árabes y los diferentes grupos étnicos que habían existido antes de la venida del Islam y que sólo habían desaparecido donde y cuando el Islam era practicado, reaparecían dondequiera y cuandoquiera que la práctica del din del Islam empezaba a ser desatendida y abandonada.

Los inmensos tesoros que fluyeron a Andalus como resultado de que los musulmanes pusieran el din en acción, también se convirtieron en motivo de contienda una vez que empezaron a abandonar su din, y aunque la guía completa del Islam siempre estaba al alcance de aquellos que deseaban seguirla, llegó a ser cada vez más difícil hacerlo, a medida que la gente lo ignoraba.

Este inevitable proceso de degeneración (pues luego de que el árbol ha florecido y dado frutos durante muchas estaciones, debe inevitablemente marchitarse y morir), culminó en una serie de desastrosas guerras civiles que empezaron después de la muerte de Al-Mansur, cuyo aparentemente poderoso gobierno sólo fue suficiente para contener pero no para disipar las divisiones cada vez más profundas divisiones que se ocultaban debajo de la superficie de la sociedad musulmana en Andalus al final del décimo siglo EC.

Al-Mansur fue el último de los gobernantes ‘famosos’ durante el primer florecimiento del Islam en Andalus. Aunque había adquirido su posición mediante intrigas políticas y no por haber sido elegido de acuerdo con al Qur’an y la Sunnah por los musulmanes del Andalus como un todo, era de todos modos un hombre de acción, que había tomado lo que parecía ser el mejor curso de acción en las circunstancias, y que asumió sus responsabilidades seriamente , y que fue notorio por sus decisivas acciones y su celo, como la siguiente anécdota, que ha sido preservada bajo la autoridad de Shu’alah, ilustra:

“Le dije una noche a Al-Mansur, percibiendo que estaba reflexionando, ‘Temo que nuestro señor queda despierto mucho tiempo en la noche, y que su cuerpo desea más sueño y descanso del que se le permite, y sin embargo no hay nadie mejor enterado de los efectos nocivos producidos por la carencia de un adecuado descanso sobre los nervios’.

Él respondió, ‘Oh Shu’alah, los reyes nunca deberían dormir mientras sus súbditos descansan, pues si yo hubiera de tener un descanso completo, no habría en toda esta ciudad nada más que gente habituada a dormir’”. (61)

Al-Mansur fue muy activo contra los cristianos trinitarios del norte, quienes, sabedores del inminente colapso de la unidad entre los musulmanes en Andalus, habían emprendido sus primeras incursiones en las tierras gobernadas por aquéllos. Al-Mansur encabezó en total cincuenta y dos campañas contra los cristianos, dos cada año, y en el año 997, en la campaña número cincuenta, tomó Santiago de Compostela, el lugar donde pretendidamente está enterrado San Juan el Apóstol.

Cuando los musulmanes llegaron a Santiago todo el mundo se había marchado excepto un monje al que se permitió marchar libremente. La tumba no se tocó, pero todos los edificios fueron destruidos, incluyendo la abadía, pues ésta se había convertido en un punto de reunión de los cruzados contra los musulmanes en Andalus. Como señala Américo Castro, esto sólo incrementó la fe de los cristianos trinitarios en Santiago, su salvador nacional, “cuyo nombre se convirtió en el grito nacional de guerra, en oposición al grito de los sarracenos”, así como se incrementó su decisión de devolver golpe por golpe:

“El Santiago español es inseparable del prolongado deseo de aquellos que vieron y encontraron en él un auxilio y el significado de su existencia; es inseparable de las vidas de quienes vivieron su creencia, una fe defensiva, labrada y vuelta a labrar por la continua necesidad de la gente de mantener tenazmente la misma en su control.

Los musulmanes en España percibieron esto tan claramente que cuando Al-Mansur, en la cumbre de su poder, juzgó necesario asestar el coup-de-grâce contra la cristiandad del norte, destruyó y dispersó las comunidades religiosas de León y Castilla y finalmente destruyó el templo del Apóstol (997). Sólo respetó el área claramente definida en donde se mantenía la reliquia sagrada, en un gesto extremo de respetuosa tolerancia. Los musulmanes sabían que el poder de los objetos sagrados no estaba limitado por los confines del Islam.

Hizo trasladar a Córdoba las campanas del templo como trofeo, en las espaldas de los cautivos, y allí las hizo fundir y las convirtió en lámparas para la gran mezquita de Córdoba.

El daño producido por este rayo islámico no hizo sino aumentar la fe en la reliquia sagrada, tan sagrada que ni siquiera el mismo Al-Mansur tuvo éxito en destruirla”. (62)

Desgraciadamente, Al-Mansur también destruyó otros lugares de adoración de los cristianos en sus campañas y esto provocó inevitablemente actos de venganza similares una vez que los cristianos empezaron a ganar posiciones en Andalus. Sin duda, fue posiblemente como consecuencia de las acciones de Al-Mansur, que cuando Córdoba fue posteriormente tomada por los cristianos trinitarios, unos doscientos cincuenta años luego, en 1236, no sólo las campanas de Santiago de Compostela regresaron allí a donde habían sido tomadas, esta vez a las espaldas de musulmanes cautivos, sino que además una espantosa catedral fue triunfantemente construida en medio de la gran mezquita de Córdoba, donde aun subsiste hasta la fecha.

Entre las acciones meritorias de Al-Mansur, se recuerdan en particular las siguientes:

“Escribió de su propio puño y letra un Qur’an que llevaba siempre en sus campañas militares, y que leía constantemente. Tenía la costumbre de recoger y guardar todo el polvo que se adhería a sus vestidos durante sus marchas a tierra de los infieles o en sus batallas contra ellos. Así pues, cuando se paraba en un sitio, sus sirvientes recogían cuidadosamente el polvo en pañuelos, hasta que llenar una bolsa de buen tamaño, que él siempre llevaba consigo, con intención de mezclarlo con perfumes para embalsamar su cuerpo. También llevaba consigo su mortaja; así estaba preparado para encontrarse con la muerte dondequiera que le llegase. El sudario estaba hecho de lino cultivado en las tierras que heredó de su padre e hilado y tejido por sus propias hijas. Solía pedir constantemente a Allah que le permitiese morir en Su servicio y en la guerra contra los infieles y este deseo le fue otorgado.

Se hizo célebre por la pureza de sus intenciones, el conocimiento de sus propias acciones erróneas, el temor de su Creador, sus numerosas campañas contra los cristianos y muchas otras virtudes y hechos que llevaría demasiado tiempo enumerar. Siempre que se mencionaba el nombre de Allah en su presencia, él nunca dejaba de mencionarlo también; y si alguna vez se veía tentado de cometer cualquier acto que pudiese merecer el castigo de su Señor, invariablemente resistía la tentación. Sin perjuicio de esto, gozó todos los placeres de este mundo, que hacen el deleite de los reyes, con la sola excepción del vino, cuyo uso dejó completamente dos años antes de que muriera”. (63)

Al-Mansur enfermó y murió durante el Ramadán del 392 AH (1002 EC), cinco años luego del saqueo de Santiago de Compostela, mientras hacía su campaña número cincuenta y dos contra los cristianos. Su hijo, Al-Muzaffar, le sucedió, pero murió sólo seis años luego. Apenas enterrado surgió una disputa por el liderazgo de los musulmanes en Andalus, entre la familia de Al-Mansur, Hisham II, el hijo de Al-Kaham II y nieto de ‘Abdu’r-Rahman III, quien habiendo servido de títere de Al-Mansur los veinticinco años anteriores era aun incapaz de gobernar, y varios contendientes más, incluyendo un hombre llamado Al-Mahdi, que finalmente se hizo con el poder:

“Los historiadores de aquella época representan a Al-Mahdi como un hombre de costumbres depravadas, un gobernante tirano y un hombre sangriento. Ibn Bassam dice que tenía un jardín en el que las cabezas de sus enemigos estaban clavadas en estacas hundidas en el suelo”. (64)

Al-Mahdi siguió la misma suerte que los tiranos y fue al fin depuesto y eliminado por una fuerza conjunta de musulmanes y cristianos, a quienes los musulmanes habían pedido ayuda. La lucha por el poder continuó y el país se vio sumido en la guerra civil, durante la cual los palacios de los anteriores califas y la librería de Al-Hakam II fueron destruidos, y muchos de los habitantes de Córdoba fueron masacrados durante la revuelta de los bereberes en el 403 AH (1013 EC). Comentando la situación general luego de la muerte de Al-Mansur, Titus Burckhardt escribe:

“Al-Mansur había reunido en sus manos todos los hilos del poder a tal extremo que su muerte sólo podría haber sido seguida por el colapso general, y él estaba consciente de esto. Bajo su reinado, la España morisca alcanzó su más grande y poderosa situación. Luego de su muerte en 1002, y luego del corto período de gobierno de su hijo, Al-Muzaffar, estallaron una serie de guerras civiles que llevaron a la destrucción de parte de Córdoba. Madinat’az-Zahra, la magnífica ciudad real, y Madinat’az-Zahira, el centro administrativo, fueron quemados. En 1031 una revuelta de la gente de Córdoba puso fin a la farsa de gobierno del último califa, Hisham III. El califato español dejó de existir”. (65)

El presentimiento que Al-Mansur experimentó en los jardines de Az-Zahira, y la profecía del santo que había visto sus esplendores con el ojo de la verdad, fueron ciertamente cumplidos, y no sólo con respecto a Az-Zahira, sino también, como nota Al-Maqqari, respecto a todo el Andalus musulmán:

“Se ha hecho notar que luego de la muerte de Al-Mansur el imperio muhammadiano en Andalus empezó a mostrar signos visibles de decadencia: los cristianos, que durante la administración de aquel victorioso Hajib habían sido reducidos a la condición casi de esclavos, dejaron de lado todos sus temores iniciales y, asaltando el territorio musulmán por todos lados con la más grande furia, asestaron muchos golpes mortales contra el cuerpo decadente del Islam.

Aunque los valientes Almorávides, y los aún más valientes Almohades, detuvieron por algún tiempo la ruina de la causa común, aun así sus espléndidas victorias no fueron de utilidad, y escasamente dos siglos hubieron transcurrido de la muerte de Al-Mansur, cuando Toledo, Zaragoza, Valencia, Córdoba, Sevilla y otras importantes ciudades, que habían probado una y otra vez ser baluartes inexpugnables, cayeron una tras otra en las manos del enemigo de Dios, y prepararon el camino para la dominación final de la península por los insolentes y maldecidos cristianos”. (66)