Cuando el gobierno de ‘Abdu’r-Rahman I llegó a su
fin, en occidente cometieron el mismo error que habían cometido
en oriente: sus sucesores se eligieron entre sus familiares en vez de
ser elegidos entre los que conocían y practicaban más
el Qur’an y la Sunnah y temían más a Allah. Por
consiguiente, siguió dentro de la comunidad la degeneración
que acompaña a la adopción del gobierno dinástico.
La separación inevitable entre gobernantes y gobernados ocurrió
al tiempo que los primeros crecían en riqueza y los segundos
empezaban a desearla.
El
Profeta Muhammad, que la bendición y la paz de Allah sean con
él, se acostaba todas las noches sin poseer ningún dinero.
Los cuatro primeros califas que le siguieron, que Allah esté
complacido con ellos, comían sólo lo que la persona más
pobre de su comunidad podía permitirse. Caminaban libremente
por el mercado y nunca tuvieron guardias a la puerta de sus casas,
tal era la plenitud de su conocimiento y su confianza en Allah.
Mientras
que ‘Abdu’r-Rahman I había andado libremente por
las calles de Córdoba y se mezclaba con sus habitantes, sus sucesores
empezaron a aislarse en los palacios. Aun cuando ‘Abdur’r-Rahman
había preparado cuidadosamente a su hijo Hisham, por sobre su
hermano mayor Sulayman, para que le sucediera, Hisham I nunca apareció
en público sin un guardia, aunque de la siguiente descripción
queda en claro que era un hombre que escuchaba y obedecía a su
Señor:
“Luego
de un próspero reinado de siete años y nueve meses,
algunos historiadores dicen ocho, Hisham murió en el año
de 189 AH (796 AD). Se le cuenta entre los monarcas buenos y virtuosos,
llenos de ardor militar, y afanoso por promover el Din. Entre los
actos meritorios de su administración está el continuar
y completar la construcción de la gran mezquita de Córdoba,
que su padre ‘Abdu’r-Rahman había empezado, y que
le dejó a su cargo. Tuvo también el mérito de
no exigir a los musulmanes bajo él más impuestos que
el zakat o diezmo prescrito por el Qur’an y la Sunnah (ley tradicional).
¡Que Dios le tenga en su misericordia! Murió a la edad
de cuarenta años y cuatro meses, habiendo nacido en el mes
de Shawwal del año 139 AH. Su genio templado, su generosidad
y su amor por la justicia eran tales que sus súbditos le dieron
los sobrenombres de Ar-Radha (El Amable) y Al-‘Adil (El Justo).
Entre las prácticas saludables introducidas por él,
el historiador Sakin Ibn Ibrahim registra lo siguiente: instituyó
una guardia nocturna compuesta de ciudadanos honestos, que hacían
recorridos de inspección, y si se aprehendía a algún
alborotador del orden público, se le multaba según su
ofensa: el producto de las multas era entonces enviado a la gente
pobre como la que se encontraba en las mezquitas en noches oscuras
y lluviosas”. (26)
A
Hisham I le sucedió su hijo Al-Hakam I, que se distanció
aún más de sus súbditos y cuyo gobierno conoció
una sublevación durante un mes de Ramadán, en protesta
por el modo de vida que había adoptado:
“Más
de un historiador ha recogido el hecho de que Al-Hakam fue el primer
monarca de su familia que rodeó su trono de cierto esplendor
y magnificencia. Aumentó el numero de mamelucos hasta alcanzar
el número de cinco mil de a caballo y mil de a pie. Ibn Khaldun
y otros dicen que él también fue el primero en introducir
la práctica de dar un sueldo fijo a las tropas; que formó
almacenes de armas y provisiones; aumentó el número
de sus esclavos, eunucos y sirvientes; tenía un cuerpo de guardia
de caballería ubicado siempre a la puerta de su palacio, y
rodeó a su persona con una guardia de mamelucos llamada Al-Haras
(la guardia), debido a que eran todos cristianos o extranjeros. Ocupaban
dos largas barracas, con establos para sus caballos, y mil de ellos
estaban montando guardia continuamente a ambas riveras del río,
cerca de su palacio”. (27)
La
sublevación la dirigió un grupo de hombres que había
estudiado con Imam Malik y que había sido en gran parte responsable
de que los musulmanes de Andalus hubieran aceptado su Muwatta’.
Al-Hakam sofocó la sublevación inmediatamente, demoliendo
el suburbio de Córdoba donde había tenido origen. Muchos
de sus habitantes cruzaron a África y se instalaron en Fez, en
el barrio que se conoció como Madinatu’l-Andalusiyin. Uno
de los líderes de la sublevación, llamado Talut, permaneció
escondido en Andalus por casi un año. Cuando finalmente salió a
la luz, fue llevado ante el rey:
“Siendo
admitido al salón de audienias, Al-Hakam le reprochó
en los más fuertes términos y le culpó de su
crimen, diciendo: ‘¿Cómo te has podido rebelar
contra mi?. Eres un discípulo del Imam Malik, de quien debes
haber escuchado que el largo gobierno de un mal rey es preferible
a una hora de guerra civil. ¡Por Allah! Debes haber escuchado
a tu maestro decir eso’. ‘Sí lo escuché’,
respondió Talud humildemente. ‘Bien, entonces’,
dijo Al-Hakim, ‘regresa a tu morada; estás perdonado’”.
(28)
Se
dice que Al-Hakam I era un gobernante tolerante, que respetaba el
consejo de sus asesores y gustaba de aprender. No sólo amplió
la gran mezquita de Córdoba, sino que también fue responsable
de la formación de la primera universidad en Andalus:
“De
manera que cuando las primeras universidades modernas crecían
en Europa, aunque no fueran conscientes de su herencia intelectual,
no es menos cierto que tenían sus predecesoras en la universidad
de Nizamiyyah y el Bayt al-Hikmah de Bagdad, en la academia de Córdoba
y la Qarawiyin de Fez”. (29)
Así,
Córdoba se convirtió en el mayor centro de enseñanza
de Europa en una época en la que el resto del continente estaba
inmerso en la ignorancia y, en su florecimiento, Córdoba fue
claramente una de las maravillas del mundo. Citando a un historiador
antiguo, Lane-Poole escribió:
“A
Córdoba pertenecen toda la belleza y todos los ornamentos que
deleitan el ojo o deslumbran la mirada. Su larga lista de Sultanes
forman su corona de gloria; su collar está ensartado de perlas
que sus poetas han recogido del océano del lenguaje; su vestido
son los estandartes del conocimiento, bien llevados por sus hombres
de conocimiento; y los maestros de cada arte e industria son la bastilla
de sus ornamentos”. (30)
Cuando
Córdoba estaba en su apogeo había más de 200 000
casas en la ciudad, junto con seiscientas mezquitas, novecientos baños
públicos, cincuenta hospitales y varios grandes mercados que
proveían para todas las ramas de los negocios y el comercio
incluyendo a 15 000 tejedores.
“Por la noche, se podía andar diez millas en una dirección
por sus calles y estaba siempre la luz de sus lámparas para
iluminar el camino. Setecientos años más tarde esto
sería aún una novedad en Londres y París, así
como el pavimentado de las calles”. (30)
Los
científicos de esta época no tenían rival en el
mundo. Entre sus más grandes proezas estaban los famosos relojes
de agua lunares de Toledo:
“Su
acción era como sigue. Al momento en que la luna nueva aparecía
en el horizonte, el agua empezaba a fluir a las palanganas a través
de tubos subterráneos, de manera que hubiera al iniciarse el
día la cuarta parte de la séptima parte y al final del
día, la mitad de la sétima parte, del agua requerida
para llenar las palanganas. Bajo esta proporción, el agua seguiría
fluyendo hasta que siete días e igual número de noches
del mes hubieran transcurrido, cuando ambas palanganas estuvieran
llenas a la mitad. El mismo proceso, durante los siguientes siete
días y noches, llenaba todas las palanganas, al mismo tiempo
que la luna estaba en su máximo brillo. Sin embargo, en la
décimoquinta noche del mes, cuando la luna empezaba a disminuir,
las palanganas empezaban a perder cada día y noche una séptima
parte de su contenido, hasta que el vigésimo primer día
del mes ambas palanganas estaban medio vacías, y cuando la
luna alcanzaba su vigésimo novena noche ni una gota de agua
permanecía en ambas. Debe remarcarse que, si alguien iba a
alguna de las palanganas cuando no estaban llenas, y echaba agua en
ellas con vistas a acelerar su llenado, las palanganas absorbían
inmediatamente el agua adicional, y no retenían más
que la cantidad justa; y por el contrario, si alguien intentaba, cuando
ya estaban casi llenas, extraer parte o toda el agua, al momento en
que levantaba sus manos tras haber hecho eso, las palanganas derramaban
agua suficiente para llenar el vacío al instante”. (32)
Todo
Andalus se convirtió en el país más poblado, cultivado
e industrioso de toda Europa, y permaneció así por muchos
siglos. Su comercio con el mundo exterior no tenía rival y en
aquel tiempo de expansión económica, los judíos,
que como ya hemos visto en Por la Causa de Cristo prácticamente
habían sido eliminados de la Península Ibérica
durante el siglo VII por los cristianos trinitarios, aumentaron de nuevo
en número y florecieron. La siguiente descripción de su
posición se puede hallar en ‘Gente Española’ de
Hume:
“Codo
a codo con los nuevos gobernantes, vivían los cristianos y
judíos en paz. Los últimos, ricos en comercio e industria,
estaban contentos con dejar quieto el recuerdo de su opresión
por los godos dirigidos por el clero, ahora que los principales autores
de ello habían desaparecido. Aprendieron todo tipo de artes
y ciencias. Cultos y tolerantes, eran tratados por los moros con un
marcado respeto y se multiplicaron ampliamente por toda España;
y al igual que los cristianos españoles que vivían bajo
el gobierno musulmán - llamados mozárabes-, tenían
motivos para estar agradecidos a sus nuevos señores por una
era de prosperidad como nunca antes habían conocido”.
(33)
Esta
tolerancia con judíos y cristianos por parte de los musulmanes,
caracterizó los primeros siglos del Islam en Andalus. A los judíos
y cristianos que aceptaban a los musulmanes como gobernantes del país
se les permitía retener sus posesiones, sus creencias y sus prácticas
religiosas y continuar su forma de vivir dentro del marco de la sociedad,
pese a que estas dos comunidades negaban la continuación de la
tradición profética después de sus respectivos
profetas, Moisés y Jesús, que la paz sea con ellos.
Aun
cuando los musulmanes estaban perfectamente conscientes de que la
enseñanza
original tanto de los judíos como de los cristianos había
sido alterada, aún así les permitieron la libertad de
dejarlos a sus pensamientos y que actúen como pensaban que era
mejor. En todo el tiempo en que los musulmanes de Andalus siguieron
la guía que habían recibido, no molestaron a los cristianos
y, como escribe Gibbon:
“En
un tiempo de tranquilidad y justicia, los cristianos nunca fueron
obligados a renunciar al Evangelio o a abrazar el Qur’an”.
(34)
Sin
embargo, al igual que en tiempos del reinado de Teodorico, rey de
los ostrogodos, en Italia, la iglesia católica romana no estaba satisfecha
con esta situación. Al creer erróneamente que su religión
era la única guía correcta para la única guía
correcta para la humanidad, sus miembros se sintieron obligados a imponer
la religión a cualquiera que no aceptase su punto de vista.
En
la guía del Islam está establecida la tolerancia y aceptación
de los cristianos y judíos, la ‘Gente del Libro’.
En la religión de la iglesia católica romana había
sólo intolerancia y rechazo de cualquier religión o modo
de vida que no fuera la que ésta había formulado. Al afirmar
que Dios se había hecho hombre y había muerto por los
hombres, de tal modo que cualquiera que creyera esto iba directo al
‘paraíso’, se seguía lógicamente que
ya no había ninguna necesidad de un profeta en la tierra luego
de él, pues un hombre podía hacer lo que quisiera y aun
así ir al paraíso en virtud de ese sacrificio último,
siempre que se inclinara ante la cruz y dijera que creía en
Cristo.
La
aparición de otro profeta después de Jesús, el
Profeta Muhammad, que las bendiciones y la paz de Dios sean con ambos,
era por lo tanto muy embarazosa para la iglesia trinitaria, especialmente
cuando tanta gente aceptaba su guía. En sus tentativas de llevar
a cabo sus pretensiones y aspiraciones, la iglesia trinitaria estaba
obligaba a tratar de reprimir el Islam y de eliminar a los musulmanes
del mismo modo que había eliminado casi por completo a la mayoría
de los seguidores unitarios de Jesús antes que ellos.
Siguiendo
el ejemplo de sus predecesores, Al-Hakam I nombró a su hijo mayor,
‘Abdur’r-Rahman II, como su sucesor. ‘Abdu’r-Rahman
II gobernó los siguientes treinta y un años, antes de
que muriera el 238 AH (852 EC). Su reinado es descrito por Al-Maqqari
como uno ‘de paz y esplendor’, en el cual amplió
la gran mezquita de Córdoba, repelió un ataque de vikingos
que merodeaban por la zona, y llevó a cabo varias expediciones
para luchar contra los cristianos trinitarios en Galicia, los sucesores
de Pelayo y sus seguidores, que en ese entonces empezaban a hacerse
más fuertes y se habían resuelto ‘reconquistar’
la próspera península.
Fue
sin duda durante el reinado de ‘Abdu’r-Rahman II que las
reliquias de Jacobo el Apóstol, que en español más
bien se le dice Santiago, se dice que fueron milagrosamente descubiertas
en Compostela. Aun cuando en su vida, San Juan había sido un
seguidor unitario de Jesús, se convirtió en una fuente
de inspiración para los cristianos trinitarios, y su sepulcro
se convirtió en un lugar de peregrinación para cristianos
europeos, quienes consideraban el viaje y la llegada a término
como tan importante, si no más, que la peregrinación a
Roma o a Jerusalén. Castro cita que Ibn Hayyan dijo:
“Santiago
es una ciudad en la más remota parte de Galicia y uno de los
santuarios más frecuentemente visitados, no sólo por
los cristianos de España sino de toda Europa. Para ellos, Santiago
es tan venerable como lo es la Ka’aba en Makka para los musulmanes,
pues en el centro de su Ka’aba se encuentra el objeto supremo
de su adoración (al-mathal). Juran en su nombre y van allí
en peregrinajes des las partes más distantes de la cristiandad.
Aseguran que la tumba localizada en esa iglesia es la de San Juan,
uno de los doce apóstoles y el más amado de Jesús.
Los cristianos le llaman el hermano de Jesús, pues nunca le
abandonó. Dicen que fue el obispo de Jerusalén y que
fue predicando el evangelio y ganando conversiones hasta que alcanzó
la remota esquina de España. De allí regresó
a Syria, donde murió a la edad de 120 años solares.
También aseguran que luego de su muerte, sus discípulos
le llevaron y enterraron en esa iglesia porque ése fue el lugar
más distante al que llevó el sello de su prédica.
Nunca ningún rey musulmán pensó en penetrar tan
lejos o en dominar la ciudad para el Islam, debido a lo inaccesible
de su ubicación y los riesgos del camino. Esa empresa estaba
reservada para Al-Mansur”. (35)
De
hecho, como señala Castro, la creencia popular elevó el
estatus de Santiago, quien era considerado superior a San Pedro en Roma,
muy por encima de cualquiera de los seguidores de Jesús, la paz
sea con él y ellos, incluyendo a San Juan mismo, al igualarlo,
al mismo tiempo, con el Jacobo que es descrito como el hermano de Jesús
en el Nuevo Testamento, haciendo de él, por consiguiente, el
‘hermano’ de Dios:
“Al
principio del siglo noveno, cerca de la antigua ciudad de Iria Flavio,
se veneraba un sepulcro que se dice que contenía el cuerpo
de Juan el Apóstol. La opinión ortodoxa siempre admitió
que el apóstol era Jacobo el Grande, el hijo de Zebedee: Gonzalo
de Berceo y el Poema de Fernán González hablaban ambos
de él como tal en el siglo décimo tercero, de acuerdo
con la tradición eclesiástica; pero la creencia popular,
desafiando a los entendidos, adoraban a un Jacobo (Santiago) que incluía
al Grande (Mateo 4:21), y al denominado ‘hermano de Cristo’
en el Evangelio (Mateo 13:55), una descripción tomada literalmente,
como veremos, por aquellos que veneraban el sepulcro.
Durante
siglos esta relación fraterna, olvidada por la ortodoxia, fue
el centro de dicha creencia, la que adquirió dimensiones considerables,
sobre todo porque se refería al hermano del salvador.
Dicha
creencia guardaba parecido con los cultos pre-cristianos de divinidades
gemelas como Cástor y Poluz –los dióscoros o hijos
de Júpiter-, uno de los cuales ascendió al cielo mientras
que el otro permaneció en la tierra (al menos por un tiempo)
como protector de los hombres. Como San Juan, tanto Cástor
y Pólux descendieron del cielo en sus caballos blancos para
pelear por el ejército al que favorecían.
Si
España no hubiera sido inundada por el Islam, el culto de Santiago
de Galicia no hubiera prosperado, pero la ansiedad de los siglos octavo
y noveno fortaleció la fe en un Santiago hermano de Cristo
quien, como una nueva manifestación de Cástor, lograría
magníficas victorias, cabalgando sobre su brillante corcel
blanco”. (36)
Ciertamente,
quienquiera que se dijera que estaba enterrado en la tumba en Compostela
no podía ser dos diferentes personas a la vez y al mismo tiempo,
pero éste no era el punto. El punto es que quienquiera que él
sea, fue elegido por los cristianos trinitarios para ser el salvador
de España, y como tal, la iglesia católica romana sólo
se encontraba contenta de aprobar la creencia popular, sin importar
lo irracional que fuere, de que ‘Santiago’ era el ‘hermano’
de Jesús tanto en espíritu como en cuerpo, uno en dos
y dos en uno, pues, en palabras de Quevedo:
“Dios
le hizo patrono de España, que no existía ya más,
en un tiempo en el que, por su intercesión, su enseñanza
y su espada, España existiría una vez más”.
Así:
“En
los sermones falsamente atribuidos al Papa Calixto II, falsificado
por los clérigos de Compostela para agregarle aun más
importancia al culto del apóstol, encontramos alusiones a su
hermandad con Jesús, aunque puesto ahora en lenguaje alegórico:
‘Es más importante ser hermano del Señor en espíritu
que en la carne. Por tanto, quienquiera que llame a Jacobo el hijo
de Zebedeo el Grande o a Jacobo el hijo de Alfeo (el pequeño)
hermano del Señor, dice la verdad’.
Las
dos creencias se mantuvieron vivas, la una en la hermandad de Santiago
y Cristo, y la otra referida a la identidad i igualdad de los dos
Santiagos”. (38)
Santiago
de Compostela se convirtió así en la inspiración
y la fuerza impulsora que había detrás del deseo de los
cristianos trinitarios medievales que se habían propuesta reconquistar
España:
“La
ciudad de Santiago aspiraba a rivalizar con Roma y Jerusalén,
y no sólo como en tanto objetivo de un gran peregrinaje. Si
Roma poseía los cuerpos de Pedro y Pablo, si el Islam que había
inundado la España cristiana peleaba bajo la bandera de su
Apóstol-Profeta, la España del siglo noveno desplegó
la insignia de una creencia más antigua, magnificada en el
arrebato de la angustia defensiva, e imponderable de cualquier modo
racional”. (39)
En
este momento de la historia, sin embargo, los musulmanes se sentían
y parecían invencibles, y las expediciones militares de ‘Abdu’r-Rahman
II en Galicia durante el siglo noveno deben haber parecido más
como un excursión recreacional que como una operación
que trataba con una amenaza seria.
Al-Maqqari
señala que ‘Abdu’r-Rahman II amaba la música
y el canto por sobre otras diversiones, y era muy aficionado a las
mujeres:
“Se
narra que ‘Abdu’r-Rahman introdujo nuevas regulaciones
respecto a la realeza, una de las cuales era que siempre se ocultaba
tras un velo cuando aparecía en público. Dejó
doscientos hijos, de los cuales ciento cincuenta eran hombres, y el
resto mujeres”. (40)
Al-Maqqari
continúa:
“Usaba
un sello en el que estaba grabada la siguiente frase: ‘El siervo
del Misericordioso (‘Abdu’r-Rahman) permanece contento
con los decretos de Allah’ ... Entre sus dichos notables está
el siguiente: ‘La autoridad y el honor son buscados con ansia
por la gente que no conoce su valor; por lo que la primera cosa con
la que se encuentran es la desilusión’”. (41)
‘Abdu’r-Rahman
II fue sucedido por su hijo Muhammad I, quien, como su padre, gobernó
por más de treinta años, extendió la gran mezquita
de Córdoba, se enfrentó contra otro ataque de vikingos
que merodeaban la zona, y luchó contra los cristianos trinitarios
en el norte. Luego de gobernar por 35 años, murió en el
273 AH (886 EC) y le sucedió su hijo Al-Mundhir, que fue muerto
en una batalla a la edad de cuarenta y seis, luego de haber gobernado
sólo por dos años.
Es
significativo que la persona responsable de la muerte de Al-Mundhir
no fuera un cristiano trinitario del norte, sino un rebelde llamado ‘Umar ibn Hafsun, a quien Al-Maqqari describe como ‘un hombre
de origen cristiano’, lo que significa que era un cristiano andaluz
que había abrazado el Islam.
El
sucesor de Al-Mundhir, su hermano ‘Abdullah, a quien Al-Maqqari
describe como una persona creyente que ‘asistía regularmente
a la mezquita y nunca probó ni vino ni otros licores intoxicantes’,
acabó al cabo de un tiempo con la rebelión, pero el hecho
mismo de que haya ocurrido indica que ya en este momento había
elementos de la sociead musulmana de Andalus que no estaban contentos
con el gobierno de los Umayyad.
Las
siguientes observaciones de Pascual de Gayangos, cuya excelente traducción
del trabajo de Al-Maqqari al inglés se usa extensivamente en
el presente trabajo, son del todo relevantes en este contexto, pues
dan una indicación de las corrientes subrepticias que existían
debajo de la superficie de lo que parecía ser un período,
por otro lado, de gobierno pacífico y próspero, e identifica,
asimismo, las principales fuentes de debilidad y conflicto que surgirían
en un tiempo muy posterior a medida que avanzó la historia del
Islam en Andalus:
“Luego
de la batalla de Guadalete, que dio a los musulmanes el imperio sobre
la península, una población de miles de cristianos en
las provincias del sur de España fue separada de sus compatriotas
del norte; pues es un error suponer, como han hecho algunos escritores,
que los cristianos fugaron de todos lados frente a los invasores refugiándose
en las fortalezas montañosas de Asturias o detrás de
los Pirineos. Miles de gentes de la población vencida prefirió
permanecer en sus distritos y pueblos natales, bajo el comparativamente
sereno gobierno de los árabes, a quienes pagaban un tributo
moderado, en vez de compartir las privaciones y los peligros de sus
hermanos en las montañas, que fue luego la cuna de la libertad
española.
Hubo
muchos que, tentados por las brillantes ofertas que se les hizo,
renunciaron a la fe de sus padres, sirvieron en el ejército,
pelearon contra sus antiguos hermanos y se abrieron el camino a
los honores y las riquezas.
De
todos modos, los árabes siempre les miraron como parias, y
se hizo una distinción entre los orgullosos descendientes de
Ismael y los infieles recientemente admitidos a los derechos y privilegios
de la comunidad muhammadiana, y del mismo en que a los moriscos o
sus hijos que se convirtieron al cristianismo luego de la toma de
Granada se les llamó Cristianos nuevos por los fidalgos castellanos,
orgullosos de su árbol genealógico y la limpieza de
su religión, los cristianos renegados fueron conocidos por
el apelativo de Musalimah, el plural de musalim, palabra que significa
‘uno recientemente convertido al Islam’. Sus hijos y descendientes
fueron llamados Muwallad, que significa ‘una cosa o persona
que no es origen árabe puro’, y que, con la pronunciación
de entonces así como de ahora, en bárbaro, mulad, dio
origen a las palabras españolas mulato y mula.
A
pesar de su gran número y su influencia en el estado, los Muwallad
siempre fueron tratados por los árabes con el más grande
desprecio. Si los colonizadores árabes y africanos hubieran
sido menos intolerantes y hubieran estado más unidos, la facción
Muwallad probablemente nunca hubiera levantado la cabeza, pero durante
las interminables guerras y sanguinarias luchas intertribales que
surgieron entre tribus de origen árabe o africano que habitaban
la península, entre los árabes que descendían
de Mudhar y los árabes que descendían de Yemen, entre
los bereberes de Botar y los bereberes de Beranis, los Muwallads se
pusieron incidentalmente con una u otra de estas grandes facciones,
obteniendo frecuentemente de la parte victoriosa un incremento de
su poder. Más aun, los sultanes de Córdoba tuvieron
como su mejor política el nutrir el odio entre las facciones
rivales e incluso ayudar a los Muwallads contra los árabes,
y cuando una repentina colación de las tribus del Yemen o la
revuelta de algún gobernador poderoso ocasionaba disturbios
en el estado, no dejaban de tener la ayuda de los Muwallads contra
sus más poderosos enemigos.
No
es por tanto de extrañar que, durante el reinado de ‘Abdullah,
cuando las tribus árabes establecidas en las varias provincias
de España parecían haber tomado al determinación
de no obedecer el gobierno de los Bani Ummayah, los Muwallids se armaran
en defensa de sus derechos, al no tener ya la protección del
gobierno central. Auxiliados por los Musalimah (cristianos convertidos
al Islam), por los Ahlu’dh-Dhimmah (cristianos sujetos a pagar
un tributo), por los ‘Ajam (cristianos no dominados) y finalmente,
por los Muraddin (musulmanes que habían desertado de su fe)
–todos los cuales, según Ibn Hayyan, se enrolaron en
sus banderas- más de una vez levantaron el estandarte de la
revuelta contra los árabes, ya sean yemenís o mudharis
y, guiados por sus hombres más importantes, como ‘Umar
Ibn Hafsun entre otros, llevaron el saqueo y la desolación
a las puertas mismas de Córdoba”. (42)
El
reinado de ‘Abdullah duró 25 años y a pesar de su
duración y relativa estabilidad, hubo signos de que la rebelión
y la guerra civil podrían desarrollarse fácilmente a menos
que un gobernante capaz tomara su lugar. El nieto de ‘Abdulah,
‘Abdu’r-Rahman III, demostró ser tal gobernante,
y durante su largo reinado de casi cincuenta años la sociedad
musulmana en Andalus experimentó una magnificencia y un esplendor
que debieron parecer indestructibles.
Sin
embargo, cuando han caído las flores del otoño, y las
frutas del verano cuelgan maduras y al alcance de la mano, y el invierno
parece ya muy lejos, entonces es cuando los signos del otoño
empiezan a aparecer.
Mientras
los musulmanes en Andalus se atuvieron a la guía que habían
recibido, estaban protegidos. Al igual que los godos arrianos, los musulmanes
fueron vulnerables frente a las actividades de la iglesia católica
romana cuando empezaron a desviarse de la guía que habían
recibido. El proceso dinámico de desarrollo en el que la comunidad
de Córdoba se encontraba en los siglos IX y X, supuso la pérdida
inevitable de la simplicidad original de sus primeros habitantes musulmanes.
Cuanto más se enriquecía más se alejaba de la huella
de la primera comunidad de Madina al-Munawwara, que había sido
más rica que nunca cuando sus miembros eran más pobres.
El Profeta Muhammad, que la bendición y la paz de Allah sean
con él, dijo que no temía la pobreza para su comunidad,
sino la riqueza. También dijo que cada nación tiene su
desgracia y que la desgracia de los musulmanes sería la riqueza.