Después del asesinato de ‘Ab’al-‘Aziz
en Andalus, siguió un periodo de desasosiego y turbulencia, durante
el cual el nuevo modo de vida que abrazar el Islam implica, empezó
a ser adoptado por sus habitantes. Los musulmanes continuaron consolidando
su autoridad a través de la Península Ibérica así
como expandiéndose hacia el norte más allá de los
Pirineos. Narbonne fue capturada en el 719, y durante los siguientes
diez años mucho del sur de Francia fue sometida. De todas formas,
en el 732 el avance musulmán hacia Francia fue detenido por Carlos
Martel y su ejército en una decisiva batalla que tomó lugar
entre Tours y Poitiers. Luego de esta derrota, los musulmanes se retiraron
de Francia totalmente, y los Pirineos se convirtieron en la frontera
natural que separaba a los cristianos unitarios del sur de Europa de
los musulmanes unitarios de Andalus.
Los
primeros musulmanes de Andalus fueron contagiados por las intrigas
del poder y las rivalidades intertribales que existían entre los
árabes antes de la venida del Profeta Muhammad, que la bendición
y la paz de Allah sean con él. Surgieron disputas entre los árabes
de diferentes familias, entre las diferentes tribus bereberes, entre
los bereberes y los árabes, entre aquellos que recién
había llegado a Andalus y las familias que se habían establecido
allí por incontables generaciones, entre los que podían
hablar el árabe de manera fluida, y aquellos cuya lengua natal
era otro idioma, y también entre aquellos que habían nacido
en el Islam y aquellos que lo habían aceptado recientemente.
Los
choques que se produjeron a causa del liderazgo y posesión de
los nuevos dominios eran inevitables. En los cuarenta años siguientes
hubo veintiún gobernadores en rápida sucesión,
algunas veces nombrados por el califa de Damasco, otras por el gobernador
de Qairawan en el norte de Africa y, algunas veces, por los mismos musulmanes
del Andalus. Sin embargo, a partir de este aparente desorden, se llegó
luego a un equilibrio, y el hombre capaz de reunir los corazones de
tantos individuos diferentes, ‘Abdu’r-Rahman I, surgió para
unir a la gente del Andalus.
‘Abdu’r-Rahman
I ibn Mu’awiyah llegó al Andalus por primera vez después
de haber pasado cinco años viajando a través del desierto
del Norte de África como fugitivo, huyendo de los Abásidas
que tomaron el poder de los descendientes del Compañero del Profeta
Muhammad, Mu’awiyah, a los que generalmente se les conoce como
los Umayyads (Omeyas). Es claro que estaba huyendo de gente que se llamaba
a sí misma musulmana pero que actuaba como tal, una calificación
que podría ser igualmente aplicada a aquellos a quienes los Abásidas
habían depuesto.
El
Profeta Muhammad, que la bendición y la paz de Allah sean con
él, dijo que un musulmán es aquel cuyo hermano está
a salvo de su lengua y de su mano. Como hemos visto, el trato que el
califa Umayya Sulayman había dado a Musa y a sus hijos, ‘Abdullah
y ‘Abd’al-‘Aziz, estaba claramente en desacuerdo con
la guía traída por su Profeta. El comportamiento general
de Sulayman no podía tolerarse, y luego del único y ejemplar
califato de ‘Umar ibn ‘Abd’al-‘Aziz, que Allah
esté complacido con él, ninguno del de sus sucesores fue
mejor, y era inevitable que surgiera un movimiento para deponer a un
califato dinástico que se había vuelto tiránico,
por el simple hecho de que los nuevos califas cesaron de ser elegidos
de acuerdo con el Corán y la práctica del Profeta Muhammad
y los primeros cuatro califas guiados, que la bendición y la
paz de Allah sea con él y con ellos.
El
Profeta Muhammad, que la bendición y la paz de Allah sean con
él, dijo que cualquiera que desease gobernar y que mostrase deseos
del poder sobre la gente no estaba capacitado para gobernar. Como se
demostró con el ejemplo de los califas rectamente guiados, sólo
aquellos que tenían un gran temor de Allah, y que tenían
un conocimiento máximo del Din del Islam, y que carecían
de cualquier deseo del poder, eran capaces de llevar el verdadero liderazgo.
Más aun, ninguno de ellos eligió a sus hijos, y nisiquiera
aconsejaron que ellos sean elegidos como sus sucesores. Tan pronto como
los musulmanes que vinieron luego de ellos optaron por el gobierno dinástico,
era sólo cuestión de tiempo antes de que individuos completamente
incapaces de gobernar se volvieran gobernantes, y esto es lo que pasó con
los Umayyads.
La
situación en Damasco se agudizó aún más
por el hecho de que la tribu que trataba de arrebatar el poder a los
descendientes de Mu’awiya, eran los descendientes de Al-‘Abbas,
y ambos eran partes de una vieja enemistad intertribal. De modo que
sus motivaciones estaban lejos de ser puras, lo que queda de manifiesto
por el hecho de los Abásidas no sólo intentaron asesinar
a los miembros de la familia Umayyad una vez que fueron dueños
del califato, sino que luego procedieron a retener el califato al interior
de su propia familia, exactamente de la misma manera que los tiranos
que acababan de destituir, y en consecuencia con exactamente los mismos
resultados a largo plazo.
‘Abdu’r-Rahman
fue uno de los pocos miembros de la familia Umayyad que escapó
con vida. Cuando el exterminio de sus parientes empezó en serio,
se las compuso para ir a Rah, cerca del Éufrates, donde se reunieron
con él los demás miembros supervivientes de su familia,
incluyendo a sus dos hermanas, su hermano menor y su hijo. Sin embargo,
apenas llegado se le hizo saber que sus perseguidores abásidas
estaban rodeando la casa donde se escondían. Él y su hermano,
que tenía sólo trece años, huyeron corriendo de
la casa y se lanzaron al Éufrates. ‘Abdu’r-Rahman
llegó al otro lado y presenció la muerte de su hermano
que se había vuelto, después de que sus perseguidores
le dijeran que no le harían ningún daño, y que
fue decapitado allí mismo tan pronto como estuvo al alcance
de ellos.
Tras
mucho deambular y varias difíciles escapadas -una vez tuvo que
esconderse de sus perseguidores debajo del vestido de la esposa de su
anfitrión, puesto que éste era el único lugar seguro
para ocultarse en la tienda en la que descansaba- ‘Abdu’r-Rahman
llegó a la orilla de África frente al Andalus, sin ninguna
posibilidad de retorno a su tierra natal. La persecución que
le empujó hasta este punto, sin embargo, trajo a los musulmanes
del Andalus el líder que necesitaban. Ellos estaban al borde
de la guerra civil, y los mejores de entre ellos dieron la bienvenida
a ‘Abdu’r-Rahman como su nuevo gobernador. Desembarcó
en Andalus en el año 755 y pronto mucha gente se reunió
a su alrededor. Puesto que su número era mucho mayor que el de
los que se oponían, tuvo pocas dificultades en vencerles a orillas
del Guadalquivir el viernes 9 de Dhu’l-Hijjah del año 138
de la Hégira (756 d.J.). Córdoba fue capturada al día
siguiente, el día del ‘Id al-Adha, y se decretó
una amnistía general para todos los que lo aceptaran como su
Emir.
‘Abdu’r-Rahman
I demostró pronto ser un gobernador apto. Empezó a unificar
todas las distintas tribus y grupos del Andalus. Al principio tuvo no
sólo que tratar con rebeliones internas en el mismo Andalus,
sino también con los ataques desde fuera organizados por los
califas abásidas del Este. Su técnica era muy simple:
era veloz en ejecutar a los líderes de aquellos que trataban
de destituirle y rápido en perdonar a quienes le aceptaban.
En
el año 763 rechazó un ataque por mar en el sur y ejecutó
a sus jefes abásidas. En el 777 un enviado del califato Abásida
visitó al rey Carlomagno en el sur de Francia. Se pusieron de
acuerdo para hacer coincidir una rebelión dentro del Andalus
fomentada por abásidas y una invasión del país
por el norte por parte de Carlomagno. El doble ataque, sin embargo,
no llegó a coordinarse y ‘Abdu’r-Rahman sofocó
el levantamiento abásida antes de que Carlomagno pudiese pasar
al Andalus. Cuando finalmente llegó Carlomagno al país,
en el año 778, se vio obligado a volverse inmediatamente, sufriendo
grandes pérdidas en la famosa emboscada de Roncesvalles.
Dos
años más tarde hubo otro intento de imponer la supremacía
abásida en el norte del Andalus, pero su líder también
fue vencido y ejecutado. Después de esto, lo que hasta entonces
había sido la causa principal de disputas y divisiones en Andalus
fue ciertamente suprimida. Más aun, Carlomagno llegó a
un acuerdo con ‘Abdu’r-Rahman de no invadir Andalus y hasta
llegó a ofrecerle su hija por esposa, oferta que ‘Abdu’r-Rahman
rechazó cortésmente.
Los
otros litigios entre tribus y las diferentes nacionalidades y grupos étnicos del Andalus eran mucho menos graves que los existentes
entre Umayyads y Abásidas y entre musulmanes y cristianos y pronto
se resolvieron. Por el tratamiento directo y seguro de levantamientos
y disputas, ‘Abdu’r-Rahman se granjeó el respeto
y la admiración de la gente de Andalus, que ya no estaban interesados
en seguir buscando otros líderes; tan convincente fue el ejemplo
que dio. Se estableció la paz y el equilibrio. Como indica Pascual
de Gayangos, aun los bereberes, nómades, empezaron a asentarse:
“Por
largo tiempo con anterioridad a la conquista de España, los
bereberes continuaron llevando una vida nómade, llevando sus
tiendas de un extremo a otro de la península, y llevando a
sus mujeres e hijos consigo aun si estaban involucrados en expediciones
militares. Ibnu’l-Abbar (Lib. Nac. Madrid, fo. 127) dice que
‘Abdu’r-Rahman I de Córdoba fue el primero que
conquistó sus hábitos ambulatorios, haciéndoles
construir pueblos y ciudades, y sujetándolos a una vida más
sedentaria”. (18)
Además
de ser conocido como ‘El Halcón de los Quraysh’,
‘Abdur’r-Rahman I también fue denominado ‘el
Halcón de Andalus’ y durante su gobierno, que duró
desde el año 756 hasta el 788, los musulmanes de Andalus, viejos
y de reciente conversión, se establecieron y se unificaron en
la adoración de su Creador.
El
Islam no se enraizó en Andalus por imposición, sino porque
proporcionaba una manera de vida alternativa claramente superior y más
sana a una gente que, hasta la llegada de los musulmanes, había
estado atrapada en un sistema social corrompido y decadente. Por otra
parte, aun cuando había conflictos acerca del liderazgo, la inmensa
mayoría de la población continuaba su vida cotidiana en
la práctica del Islam, sin conmoverse ni sentirse afectados por
los complots y las intrigas, que normalmente solían tener su
origen sólo en un grupo de personas sedientas de poder.
El
hecho de que la historia oficial preste, por lo general, poca atención
a la gente que vive de manera sencilla, pacífica y sin complicaciones,
no quiere decir que ellos no existan. Ni tampoco significa que sean
menos importantes que la gente a la que se presta toda la atención
en las historias oficiales.
Sin
embargo, no es sorprendente que la mayoría de las historias oficiales,
cuyo interés se centra en la presentación de hechos dramáticos
con una tendencia particular dependiendo de quién sea la historia,
tenga poco que decir acerca de la primera comunidad de musulmanes en
Andalus. No hay nada externamente dramático, por ejemplo, en
una persona que hace la oración cinco veces al día, o
que ayune una vez al año, y ciertamente cualquier historiador
incrédulo haría mejor en no escribir acerca de tales
cosas, no teniendo la experiencia directa y por tanto el conocimiento
de las mismas, como no sea que las ridiculice.
Es
por esta razón que muchos de los historiadores orientalistas
han producido esa sofocante y limitada visión de la ‘historia
islámica’. Al tratar de confinar dentro de su limitada
visión de la existencia y explicar una revelación profética
que sobrepasa largamente cualquier concepción que ellos pudieran
tener de la misma, nunca ha habido manera de que les fuera posible entender
y registrar la historia de los musulmanes, ya sea en Andalus o en cualquier
otro lugar, toda vez que lo más que han podido hacer en su interpretación
de los hechos es registrar sus propias reflexiones y concepciones que
han proyectado ‘subjetivamente’ en el espejo del mundo alrededor
de ellos en primer lugar, y que han querido luego describir ‘objetivamente’.
Es
en este contexto que las siguientes palabras de Américo Castro,
que fue frecuentemente difamado en el bosquecillo de las academias simplemente
porque se atrevió a cuestionar la ‘historia oficial’,
cobran importancia:
“Sea
lo que sea lo que el futuro pueda deparar, el pasado no puede ser
objeto de manipulación alguna, como han hecho los historiadores
hasta ahora al excluir a los musulmanes y a los judíos de la
historia española y forzar arbitrariamente sobre los mismos
una ‘edad media occidental’. Comprendo el serio problema
que enfrentan los hispanistas extranjeros que tratan de escribir o
enseñar una auténtica historia de los españoles,
pues están obligados a moverse entre aquellos que enseñan
formas de civilización occidental (anglosajones, franceses,
alemanes). Esta dificultad se complica más aún por la
propia resistencia de los españoles a aceptar el hecho de que
su verdadera historia es inconcebible sin los musulmanes o los judíos
... ”(19).
Los
primeros musulmanes de Andalus vivían una vida simple y sencilla
de laboriosidad y adoración, que estaba inspirada en el ejemplo
de la primera comunidad que se formó en torno al Profeta Muhammad
en Madina-al-Munawara, ‘la Ciudad Iluminada’, que las bendición
y la paz de Allah sea sobre él y su familia y compañeros
y todos los que le siguen a él y a ellos.
Los
primeros musulmanes de Andalus afirmaban que no había otro dios
excepto Allah y que Muhammad era el Mensajero de Allah. Cinco veces
cada día, al amanecer, al mediodía, a media tarde, a la
puesta del sol y después de oscurecer, hacían la oración
que su Profeta había enseñado a los primeros musulmanes.
Durante un mes cada año hacían el ayuno de Ramadán.
Pagaban el zakat, que es un impuesto equivalente a un cuarentavo del
superávit en sus ahorros y bienes, recolectado en un fondo común
una vez al año y redistribuido inmediatamente entre aquellos
de la comunidad que lo necesitaban. Finalmente, los que podían,
realizaban el Hajj, la peregrinación a la Casa de Allah en Makka.
En
su vida cotidiana y sus transacciones se guiaban por el Qur’an
y la Sunna, el modelo de comportamiento que su Profeta y la primera
comunidad de musulmanes había practicado. Desde fechas muy tempranas,
los musulmanes de Andalus se sirvieron del Muwatta’ del Imam Malik,
que Allah esté complacido con él, como un compendio digno
de confianza, no sólo del comportamiento de su Profeta, sino
también de la primera comunidad que se formó en torno
a él en Madina al-Munawarra.
Se
narra que uno de los hombres que viajaron desde Andalus a Madina
al-Munawarra a fin de aprender del Imam Malik y memorizar el Muwatta’ fue
Yahya ibn Yahya Al-Laythi:
“Dicen
que un día, mientras estaba atendiendo a las clases junto con
los otros estudiantes, ocurrió que pasó un elefante
frente a la puerta de la casa en donde estaban, y alguien gritó:
‘¡Aquí hay un elefante!’. Entonces todos
los presentes salieron precipitadamente a verlo, menos Yahya, que
se quedó en su sitio.
Cuando
Malik vio esto le dijo: ‘¿Por qué no vas afuera
como el resto? Seguramente no hay elefantes en tu país’.
‘No
vine desde Andalus al Este’, respondió Yahya, ‘para
mirar elefantes; vine a verlo, pues no hay nadie como usted en mi
país natal, y vine a beneficiarme de su enseñanza y
su experiencia’.
Malik
quedó muy impresionado por la respuesta, y se dice que exclamó:
‘¡Este hombre es el sabio de Andalus!’”.
(20)
Esta
anécdota ilustra la manera en que la sabiduría de los
musulmanes ha sido siempre transmitida, de persona a persona, cara a
cara, por transmisión directa. La fuente más importante
del conocimiento del Din del Islam y de Allah y de Su Mensajero, que
la bendición y la paz de Allah sean con él, no se encontraba
en los libros –aun cuando son necesarios-, sino en la gente a
la que se le ha transmitido este conocimiento, de persona a persona,
en una línea de transmisión ininterrumpida, que llega
directamente hasta el que lo trajo y lo enseñó, el Profeta
Muhammad, que la bendición y la paz de Allah sean con él.
Hay
que recordar que los compañeros del Profeta Muhammad, que Allah
esté complacido con todos ellos, obtenían su conocimiento
por medio de sentarse con él y vivir con él y no de estar
todo el día ‘estudiando’ en librerías. Aquellos
que vinieron luego, los Seguidores, y los Seguidores de los Seguidores,
y así, adquirieron este conocimiento exactamente de la misma
manera. Así fue como Yahya Al-Laythi recibió este conocimiento
y así fue como él, entre otros, lo transmitieron a su
regreso a Andalus.
Ésta
es la verdadera razón por la que no hay ninguna verdadera crónica
de los musulmanes por los musulmanes por escrito. El conocimiento de
los musulmanes empieza donde las palabras terminan. Los únicos
testimonios verdaderos que los musulmanes tienen son seres humanos que
abrazan el Din del Islam. Así, ellos mueren pero el conocimiento
que poseen es transmitido, de los vivos a los vivos, antes de que sean
enterrados.
Abu
Yazid Al-Bistami le dijo una vez a un hombre que apoyaba su conocimiento
en los libros: ‘Tú has sacado tu conocimiento de algo muerto,
pero ¡nosotros tomamos nuestro conocimiento del Viviente, Quien
nunca muere’
Esta
es la razón de que no haya ningún registro completo de
cómo vivía la primera comunidad de musulmanes en Andalus,
porque la vida que tenían no puede encerrase en palabras ni ser
impresa en blanco y negro, aun usando la tecnología más
avanzada. Aunque las siguientes palabras de Américo Castro suenen
verdaderas, ni siquiera las mismas expresan a cabalidad lo que en definitiva
no puede ser más que indicado, pero nunca explícitamente
expresado:
“En
definitiva, percibir y asir el dramático sentido de la historia
es tan necesario y por lo menos tan importante como el estudio de
los gráficos de ascensos y descensos en la economía
o la propiedad pública y privada”. (21)
Sin
importar cuán dramática haya sido la historia del Islam
en Andalus, y ciertamente los vislumbres que podemos apreciar de cómo
debe haber sido indican que ciertamente lo fue, es claro que los primeros
musulmanes en Andalus vivieron en este mundo y se prepararon para el
siguiente, con toda la riqueza y simplicidad que sólo aquellos
que realmente abrazan el Din del Islam, y no los que sólo leen
o hablan de ellos, pueden degustar.
El
primer líder que unificó las numerosas comunidades de
musulmanes que surgieron en Andalus, ‘Abdu’r-Rahman I, el
Halcón de Andalus, era, según Ibn Hayyan, de corazón
noble y siempre dispuesto a la misericordia:
“Elocuente
en su palabra, estaba dotado de una rápida percepción;
era muy lento en sus determinaciones, pero constante y perseverante
en llevarlas a cabo; estaba exento de cualquier debilidad; veloz en
sus movimientos, era activo y resuelto. Nunca se tendía un
rato a reposar ni se abandonaba a la indolencia. No confiaba los asuntos
del gobierno a nadie, sino que los administraba él mismo y,
no obstante, nunca dejaba de consultar, en los difíciles casos
que ocurrían, a gente de sabiduría y experiencia. Era
un guerrero bravo e intrépido, siempre el primero en el campo
de batalla; era terrible en su cólera y no podía soportar
oposición a su voluntad. Sabía hablar con mucha fluidez
y elegancia; era igualmente un buen poeta y compuso versos improvisados.
Era en suma, un generoso y magnífico príncipe. Siempre
vestía de blanco y llevaba un turbante del mismo color, que
prefería a cualquier otro; su semblante inspiraba respeto a
quien se le aproximaba, fueran amigos o enemigos. Solía asistir
a los funerales y recitar las oraciones por los muertos; a menudo
oraba con la gente cuando iba a la mezquita los viernes y otras festividades;
en tales ocasiones tenía la costumbre de subir al mimbar y
dirigirse a sus súbditos desde éste. Visitaba a los
enfermos y se mezclaba con la gente, participando en sus júbilos
y diversiones”. (22)
‘Abdu’r-Rahman
I hizo de Córdoba su capital y a lo largo de su reinado la embelleció
con obras que supervisaba personalmente. Uno de sus primeros actos fue
surtir a Córdoba de agua corriente por medio de un acueducto
que venía desde las montañas vecinas. Plantó un
jardín bellísimo, al que dio el nombre de Mun’yat
Ar-rissafah, en recuerdo de una espléndida villa cerca de Damasco,
que su abuelo Hisham había construido y donde él había
pasado los primeros cinco años de su vida. Siendo amante apasionado
de las flores, encargó a un inteligente botánico que trajese
de los países de oriente cuantos frutos y plantas pudieran aclimatarse
en Andalus; y de esta suerte introdujo el melocotón y el granado,
llamado safari. Ibnn Hayyan ha preservado para nosotros cuatro versos
que se dice que ‘Abdu’r-Rahman I improvisó al ver
una palmera solitaria que crecía en medio de su jardín:
En
medio del Rissafah crece una palmera
nacida
en el Oeste, lejos del país de las palmeras.
Una
vez le dije: "Tú eres como yo,
pues
te pareces a mí en el caminar y el peregrinar,
y
en la larga separación de familiares y amigos.
También
tú creciste en suelo extranjero,
y
como yo, estás muy lejos de tu país de origen.
¡Que
las fecundantes nubes de la mañana te rieguen
en
tu exilio!. ¡Que las benéficas lluvias que el pobre
implora,
nunca te abandonen!. (23)
Además
de estos trabajos públicos y del tiempo empleado en gobernar
a su pueblo, ‘Abdu’r-Rahman I empezó también
la construcción de la gran mezquita de Córdoba, en el
año 786. Fue construida en el lugar de la antigua catedral de
Córdoba, que la había comprado a los cristianos por la
suma de 100 000 dinares de oro el año anterior a que el trabajo
empezara. La mezquita, que fue completada durante el gobierno de su
hijo y sucesor, Hisham I, fue ampliada y embellecida por sus sucesores
y aún se puede visitar hoy en día. Su descripción
es innecesaria puesto que una visita nos dirá más que
un millón de palabras.
‘Abdu’r-Rahman
I también fue el responsable de la construcción de una
gran muralla alrededor de Córdoba. Fomentó la construcción
de mezquitas, baños, puentes y castillos en todas las provincias
de sus dominios.
Inspirados
por el entusiasmo y el deleite por la vida de ‘Abdu’r-Rahman,
los primeros musulmanes de Andalus convirtieron el país en un
vergel. Importaron plantas y frutas de otras tierras e introdujeron
nuevos métodos de agricultura. El prodigioso sistema de riego
con el que convirtieron a Valencia en el ‘jardín de Europa’
aún existe y la elaborada y equitativa distribución del
agua la admiran los ‘expertos’ de hoy. Los musulmanes introdujeron
el cultivo de la caña de azúcar, el algodón y el
arroz, así como de frutos tales como el melocotón, la
naranja, la granada y la palmera. Ni un trozo de tierra se dejó
sin cultivar y Andalus se llenó de crecimiento y progreso.
Construyeron
mezquitas y baños en todas partes, hasta en los pueblos más
pequeños. Cuando se establecían en una región,
enseñaban y practicaban oficios y comercios. Las materias primas,
que existían en abundancia ya fuesen del reino mineral, vegetal
o animal, se transformaban en mercancías y artículos de
primera necesidad. Todos trabajaban en algo. Cada miembro de la familia
contribuía con su parte del trabajo para el bien común.
Eran insuperables en los negocios que exigían habilidad. Iniciaron
el cultivo de la seda en Andalus y fue a través de ellos el arte
de la fabricación del papel y el vidrio pasó con el tiempo
a Europa.
Las
cerámicas de Málaga, los tejidos de Murcia, las sedas
de Almería y Granada, los trabajos en piel de Córdoba,
las armas de Toledo, eran de renombre en todas partes. Proporcionaban
el material para un comercio exterior provechoso que se estimulaba gracias
a la reputación universal de honestidad y sinceridad que tenían
sus comerciantes. La estricta fidelidad a sus compromisos se hizo proverbial.
Eran moderados en su conducta y en satisfacer sus apetitos. No había
mendigos entre ellos porque cuidaban afectuosamente a sus huérfanos
y pobres. Resolvían todas sus querellas entre ellos de acuerdo
con el Qur’an y la Sunna de su Profeta, que la bendición
y la paz de Allah sean con él.
A
medida que Andalus adquirió renombre por su prosperidad, gente
de todo el mundo se congregaban para vivir allí y su reciente
capital, Córdoba, se volvió un centro de aprendizaje y
conocimiento. A todos los niños se les enseñaba a leer,
escribir y la aritmética en las mezquitas, así como un
conocimiento básico del Qur’an y del Hadith y por supuesto
árabe. Desde esta base amplia, cualquiera que deseaba proseguir
más allá con sus estudios podía arreglar que le
enseñara cualquiera de los versados profesores de Andalus.
Basados
en el conocimiento del Qur’an y el estilo de vida de su Profeta,
que la bendición y la paz de Allah sean con él, los musulmanes
de Andalus exploraron y se beneficiaron de cada ciencia respecto al
mundo de lo visto y al No-Visto, y por supuesto del más alto
conocimiento de todos, ma’rifa, gnosis de Allah. Lo que penetraba
todo su actividad en los primeros días del Islam en Andalus era
la adoración de Allah y el conocimiento de lo que viene luego
de la muerte. Los primeros musulmanes de Andalus sabían cuán
corta es la vida y la vivían a plenitud. Sabían que estaban
en un viaje, que continuaría luego de la muerte en el otro mundo,
y que los llevaría o al Jardín o al Fuego, y vivían
sus vidas y se preparaban para sus muertes en concordancia con ello.
Era
sólo por seguir el Qur’an y la Sunnah en casa aspecto de
sus vidas, ya sea en la forma en que adoraban a su Creador, o buscaban
el conocimiento, o cómo se comportaban con sus familias y amigos,
o conducían sus transacciones en el lugar del mercado, o luchaban
en el campo de batalla, que los primeros musulmanes en Andalus fueron
capaces de sostener ese refinado y gratificante modo de vida.
Tan
pronto como los musulmanes que les siguieron empezaron a dirigirse
más
a este mundo y a olvidarse del siguiente, y a separarse de la guía
que su Profeta les había, que la bendición y la paz de
Allah sean con él, el complejo organismo social del cual todos
eran parte inevitablemente sufrió, y habiendo sido erigido sobre
el camino medio –que es Islam- se condenó a seguir otro
camino y a colapsar.
Debe
hacerse hincapié en que Islam no es ‘arte’ ni es
‘cultura’. Islam es un modo de vida que abre el corazón
al significado de la existencia. Así, cualquier incremento en
el esplendor externo usualmente es un signo de disminución de
la iluminación interna, y la aparición de librerías
y conocimiento-de-libros, alguna vez descritos como ‘trocitos
de información pre-digeridos’, usualmente es in signo de
la desaparición de las personas que tienen conocimiento real
de Allah, una sabiduría que sólo puede encontrarse en
corazones vivos, no en libros.
En
todo aquello que a la historia musulmana corresponda, las grandes
obras de arte y las construcciones maravillosas, que son usualmente
glorificadas por los historiadores oficiales como los signos de una
cultura avanzada y una sociedad civilizada, de hecho son signos de
la caída desde
un punto elevado, en el que hubo alguna vez una comunidad de musulmanes
que, externamente no hayan sido espectaculares en términos de
logros materiales, tençian gran conocimiento interno de Allah
y del significado de la existencia.
Y
el más claro ejemplo de este fenómeno es el del Profeta
Muhammad mismo, que la bendición y la paz de Allah sean con él,
quien era pobre e iletrado, y quien murió sin dejar colocado
un ladrillo encima de otro y cuyo título, ‘el mejor de
la Creación’ no es una alabanza exagerada sino una una
precisa descripción, pues nadie en la historia de la humanidad
ha sido ni será tan sabio y civilizado como Muhammad, y como
el mismo Qur’an señala, la comunidad que se agrupó
a su alrededor en Madina al-Munawarra fue la mejor comunidad que nunca
haya habido ni habrá, que Allah esté complacido con todos
y cada uno de ellos:
El
Misericordioso nunca ha creado a otro como Muhammad,
Y
según lo que sé Él nunca creará a alguien
como él:
Él
es como el son y el medio día,
Y
la luna y el punto medio de mes;
Es
la esmeralda entre las joyas,
Su
estación es una que nunca ha sido otorgada a otros mensajeros;
Su
rango es uno que nunca ha sido dado a otros hombres. (24)
Es
solamente en comparación con este líder y esta comunidad,
que Allah le bendiga y a sus seguidores que nunca acabe y nunca se agote,
que cualquier otro líder, o comunidad, o sociedad, pueden ser
sopesados y valorados de la forma más conveniente.
La
palabra árabe ‘Andalus’ tiene varios significados.
Entre ellos está, primero, ‘algo que se había escondido
u ocultado’, y en segundo lugar ‘algo que se resbaló
por causa de su suavidad’. Estos dos significados indican el aspecto
dual de la historia de los musulmanes en Andalus: algunos de ellos poseían
un conocimiento de Allah que otros no sabían, y algunos poseían
un tesoro brillante que se les resbaló de entre los dedos.
‘Abdu’r-Rahman
I, el Halcón de Andalus, gobernó por 33 años y
4 meses. Nunca perdió una batalla. La siguiente descripción
de él se ha tomado de Al-Maqqari:
“Ibn
Zaydun dice que ‘Abdur’r-Rahman tenía el cutis
claro y el cabello rojizo, tenía pómulos prominentes
y un lunar en su cara. Era alto y de cuerpo esbelto, llevaba el cabello
dividido en dos rizos, sólo podía ver con un ojo, y
se le había arrebatado el sentido del humor. Dejó veinte
hijos, once de ellos hombres y los siguientes, mujeres”. (25)