Islam en Andalus

Ahmad Thomson & Muhammad 'Ata'ur-Rahim

Capítulo Dos

( Parte II )

Los Musulmanes en Andalus

Según relata Ibn Hayyan, Musa restableció su confianza y amistad en Tariq una vez hubo establecido su liderazgo y, juntos, conquistaron casi todo el resto de la Península Ibérica. Obviamente, parte de su éxito se debió a la colaboración que recibieron por parte de los esclavos tiranizados y los oprimidos judíos en Andalus. En palabras del profesor Graetz:

“Los judíos de África ... y sus infortunados correligionarios de la Península hicieron causa común con el conquistador musulmán, Tariq ...

Luego de la batalla de Xeres, en julio del 711, y de la muerte de Roderick, el último rey visigodo, los victoriosos árabes siguieron adelante y en todo lugar eran apoyados por los judíos. En cada ciudad que conquistaban, los generales musulmanes estaban en capacidad de dejar sólo una pequeña guarnición de sus tropas, al tener necesidad de todos sus hombres para someter al país; dejándoles, así, bajo el cuidado de los judíos. De esta manera los judíos, que antes habían sido siervos, se convirtieron en los señores de las ciudades de Córdoba, Granada, Málaga y varias otras. Cuando Tariq se apareció frente a la capital, Toledo, sólo la encontró ocupada por una pequeña guarnición ...

Mientras los cristianos estaban en la iglesia, rezando por la seguridad de su país y de su religión, los judíos se lanzaban a abrir los portones a los victoriosos árabes, recibiéndoles con aclamaciones y vengándose, así, por las tantas miserias que habían caído sobre ellos ... La capital fue confiada por Tariq a la custodia de los judíos ...

Finalmente, cuando Musa ibn Nusayr, el gobernador de África, envió un segundo ejército a España y conquistó otras ciudades, también los confió al cuidado de los judíos”. (8)

Más aun, los habitantes de Andalus quedaron muy impresionados por la tolerancia que los musulmanes les ofrecían cuando cesaba la resistencia activa, una tolerancia que los católico romanos, como ya hemos visto en Por la Causa de Cristo, no habían mostrado mientras estaban en el poder:

“Se conserva un texto de un pacto, fechado en el año 713, que se acordó entre el caudillo árabe, ‘Abd’al-‘Aziz, hijo y sucesor de Musa ibn Musair y el príncipe visigodo de Murcia, Teodomiro, en la rendición de la ciudad de Orihuela ...

Los cristianos quedaban autorizados a mantener sus iglesias y monasterios y los judíos sus sinagogas. Además podían conservar la mayoría de sus posesiones personales. Los visigodos no sólo habían adoptado el sistema de impuestos romano, con sus múltiples cargas, sino que además habían perpetuado los latifundios, grandes extensiones de terreno trabajadas por esclavos. Cuando los musulmanes tomaron posesión de la tierra, muchos de estos terrenos fueron divididos y entregados a los tenedores de los respectivos lugares.

Los esclavos fueron liberados en su mayoría, bien porque aceptaban el Islam (ya que ningún cristiano ni judío estaba autorizado a tener a musulmanes por esclavos), o porque podían ir comprando su libertad gradualmente, cosa que no les estaba permitida bajo las leyes visigóticas.

Además del impuesto general que pagaban todos los ciudadanos, los cristianos y judíos debían pagar uno personal en lugar de tener que cumplir el servicio militar. Además, este impuesto iba en proporción de acuerdo con la clase profesional de cada uno, mientras que las mujeres, niños, monjes, inválidos, enfermos, mendigos y esclavos quedaban exentos de él.

Las comunidades cristianas y judías mantenían una jurisdicción autónoma en las disputas en las que no se veían involucrados los derechos de los ciudadanos musulmanes. También tenían sus propios líderes, obispos o "condes" (comités), que les representaban ante el gobierno musulmán ...

Lógicamente, esto resultaba bastante distinto para aquellos cristianos y judíos que se resistían hasta el fin. Ellos y sus propiedades eran considerados como botines, a no ser que abrazaran la fe islámica.

Esto no era esencialmente una cuestión de creencia, porque “no hay compulsión en la transacción de la vida”, como dice el Corán. Se trataba solamente de aceptar Islam. Nadie ponía en tela de juicio la sinceridad de la conversión porque se asumía que la fe crecería por sí misma, dependiendo del grado en que se observaran las leyes dadas por Dios”. (9)

No obstante, la mayoría de los habitantes de Andalus aceptaron el Islam libremente; de manera especial aquellos que habían estado oprimidos bajo el gobierno de la pequeña élite católico-romana. Se favorecieron los matrimonios mixtos y en un tiempo relativamente corto la práctica básica del Islam, que es muy simple y recta, se extendió a lo largo y ancho del país.

Muchos de los que se rindieron durante el combate fueron mantenidos como esclavos, siendo responsabilidad de sus dueños cuidar de ellos. Hay que recordar que la forma de esclavitud introducida en Andalus por los musulmanes era muy distinta de aquella a la que reemplazó. La esclavitud es algo que ha existido siempre de una forma u otra, y aunque la palabra connota casi invariablemente imágenes mentales de explotación y maltrato, éste no es siempre el caso.

Aunque no todos los musulmanes durante los últimos catorce siglos han seguido el ejemplo del Profeta Muhammad en la manera en que se trataban a los esclavos, es importante recordar que de acuerdo a sus enseñanzas, que la bendición y la paz de Allah sean con él, la posición de un esclavo no es una de servilidad, sino una de honor. Lo siguiente, por ejemplo, ha sido relatado por Ma’rur ibn Su’ud:

"Vi a Abu Dharr con una capa puesta y me di cuenta que su esclavo llevaba otra igual. Le pregunté acerca de esto y me explicó en el tiempo del Santo Profeta, que la bendición y la paz de Allah sean con él, tuvo un altercado con un hombre e hizo que este último se avergonzara, haciendo alusión a su madre: ‘Entonces, el Santo Profeta me dijo: ‘Todavía quedan en ti huellas de la cultura preislámica (lit. jahiliyya, que significa ignorancia y arrogancia). Tus sirvientes son tus hermanos que tu Señor ha puesto bajo tu autoridad. Aquel que tiene un hermano bajo su autoridad deberá alimentarle con lo que él se alimenta y debe vestirle con lo que él se viste. Tampoco les asignéis una tarea que esté por encima de sus fuerzas; y si lo hacéis ayudadles a llevarla a cabo’" (Bujari y Muslim). (10)

La práctica de tener esclavos era entonces una misericordia para aquellos que, si no hubiesen sido tomados como esclavos, se habrían quedado viviendo como huérfanos, viudas, sin hogar, enfermos o abandonados al término de una determinada batalla, suponiendo claro que se siga el ejemplo del Profeta Muhammad, quien enseñó que la más noble acción hacia un esclavo por parte de su dueño, era la de enseñarle lo que él sabía, liberarle y, si se trataba de mujeres, casarse con ellas, y éste es el ejemplo que muchos de los primeros musulmanes de Andalus, incluyendo a Tariq ibn Ziyad que era él mismo un esclavo liberto, siguieron.

Musa ibn Nusayr permaneció tres años en Andalus. Junto con Tariq ibn Ziyad estableció Islam en todas partes excepto en el ángulo noroeste de la Península Ibérica. Un pequeño grupo de católicos romanos, encabezados por un hombre llamado Pelayo, se refugió en Covadonga, donde los altos lugares y escondidas gargantas de Asturias les proporcionaban una amplia cobertura. En este punto, como Al-Maqqari –citando a Ibn Hayyan- señala, fue donde los cristianos con el tiempo se reagruparon y partiendo de ahí comenzaron a descender hacia Andalus:

“El comienzo de la rebelión ocurrió así: no hubo ciudad, pueblo o poblado en Galicia que no estuviera en manos de los musulmanes, excepto una cordillera de montañas escarpadas en la que este Pelayo se refugió con un puñado de hombres: allí sus seguidores empezaron a morir de hambre hasta que vio el número de su gente reducida a treinta hombres y diez mujeres, sin más comida para sobrevivir que la miel que ellos mismos tomaban de las grietas de la roca en la que ellos mismos habitaban, como las abejas.

Como sea, Pelayo y su gente se fortificaron gradualmente en los pasos de las montañas hasta que los musulmanes tomaron conocimiento de sus preparativos, más percibiendo cuán pocos eran no hicieron caso al consejo que se les dio y les permitieron reunir fuerzas, diciendo, ¿Qué son treinta bárbaros encaramados sobre las rocas?. Inevitablemente morirán’.

Quisiera Dios que los musulmanes hubieran en aquel entonces extinguido esas chispas de un fuego que estaba destinado a consumir” todos los dominios del Islam en esas zonas; pues, como Ibn Sa’id observó juiciosamente, ‘El desprecio en que los musulmanes tuvieron en aquellos días a esas montañas y a los pocos infelices seres que se refugiaron allí, probó con el tiempo ser la principal causa de las numerosas conquistas que en la posteridad el propio Pelayo sería capaz de hacer en el territorio de los musulmanes, conquistas –añade este excelente historiador- que se han incrementado tanto en estos últimos años, que el enemigo de Dios ha reducido muchas ciudades populosas, y así es que al momento en que escribo, la magnífica ciudad de Córdoba, la espléndida capital del imperio musulmán de Andalus, la corte de los califas de la ilustre casa Umayyah, ha caído en las manos de los infieles. ¡Que Dios acabe con ellos!”. (11)

Al-Maqqari continúa:

“Ibn Sa’id tenía razón; las fuerzas de Pelayo se fueron incrementando hasta que abiertamente tomó el estandarte de la revuelta: le sucedió Alfonso, el progenitor de todos los reyes cristianos conocidos por ese nombre. Este Alfonso resistió igualmente la autoridad de los musulmanes, contra los que llevó a cabo una incesante guerra; su poder e importancia, así como sus provincias, se incrementaron rápidamente en un radio tal que difícilmente puede pasarse por alto. Pero al respecto diremos más en el curso de nuestra narrativa”. (12)

Así, al principio mismo de todo este asunto, el fin permanecía oculto. Así es el ying y el yang de la historia.

Regresando ahora a las conquistas iniciales de Musa y Tariq en Andalus, cuando Musa alcanzó los Pirineos, él, así como Tariq, propuso conquistar todo el Sur de Francia, y luego marchar a lo largo del Sur de Europa hasta que se juntara con los musulmanes en el este, que para este tiempo habían alcanzado las tierras habitadas por los paulicianos cerca de Constantinopla, y que, como ya hemos visto en Por la Causa de Cristo, se habían combinado con los seguidores unitarios de Jesús en su lucha contra la persecución de la Iglesia Trinitaria Oficial que había sido iniciada por la Emperatriz Teodora. De todos modos, cuando el Califa de la decadente dinastía Umayyad en Damasco oyó de la intención de Musa, así como le había pasado a Musa con Tariq, se afectó por los celos. Temió que si Musa salía victorioso de su aventura, entonces él mismo podría ser depuesto. Por tanto, llamó a Musa y Tariq de regreso a Damasco, y ellos, reaciamente, dieron la espalda a Narbonne y Europa:

“Musa se fue de Al-Andalus llevándose a Tariq con él y dejando a su hijo ‘Ab’al-‘Aziz al mando durante su ausencia. Llegado a África, donde permaneció por poco tiempo, partió hacia Damasco, a la corte del Príncipe de los Creyentes, Al-Walid, califa reinante por entonces, llevando consigo todo el botín de Andalus, que consistía en treinta pellejos llenos de monedas de oro y plata, collares de inestimable valor, perlas, rubíes, topacios y esmeraldas, aparte de costosas túnicas de todo tipo. Le acompañaban mil cien prisioneros, hombres, mujeres y niños, de los cuales cuatrocientos eran príncipes de sangre real.

Cuando se acercaba a Damasco, Musa fue informado de que Al-Walid estaba gravemente enfermo y no se esperaba que sobreviviese; recibió la carta de su hermano y heredero, Sulayman, pidiéndole que retrasara su entrada en Damasco hasta que su hermano hubiese muerto y él estuviera en el trono. Pero en lugar de cumplir con su petición, Musa apresuró su marcha y llegó a Damasco con todo su séquito antes de la muerte del califa. A pesar de todo, a causa del precario estado de su salud, Musa no pudo presentarle sus tesoros y Al-Walid murió sin poder apreciar, como el caso merecía, tantas cosas exóticas que llevaba Musa”. (13)

Si Musa llegó a Damasco antes o después de la muerte de Al-Walid es un hecho discutido por los historiadores:

“Aquellos que se inclinan por la segunda opinión pretenden que Sulayman, que sucedió a su hermano en el califato, tenía mala disposición hacia Musa, causada por cargos y quejas alegados contra él por Tariq y Mughayth, quienes, habiéndole precedido en la corte, informaron al califa de su rapacidad e injusticia, refiriéndole de qué forma se había apropiado de la famosa mesa y había privado a Mughayth de su noble cautiva. Además, Musa fue acusado de esconder una joya más valiosa que la que cualquier rey hubiera poseído desde la conquista de Persia.

Por ello, cuando Musa llegó a Damasco, se encontró a Sulayman con muchos prejuicios contra él; y el monarca lo recibió de mal humor; lo reprendió severamente y le hizo varios reproches y acusaciones, a las que él trato de responder tan bien como supo. Entonces le pidió que le mostrara la mesa, lo que fue hecho, tras lo cual Sulayman le dijo: ‘Tariq alega que fue él, y no tú, quien la encontró’. ‘Ciertamente no’, respondió no. ‘Si alguna vez Tariq vio esta tabla, estaba en posesión mía y de nadie más’.

Entonces Tariq, dirigiéndose al Califa, le pidió que preguntara a Musa acerca de la pata que faltaba (en la mesa) y ante la respuesta de Musa de que él ‘la había encontrado en ese estado y que a fin de suplir la deficiencia había mandado hacer otra pata’, Tariq sacó triunfantemente de debajo de su túnica una pata idéntica, lo que convenció inmediatamente a Sulayman de la verdad de las aseveraciones de Tariq y de la mentira de Musa. Esto llevó al Califa a suponer que todos los otros cargos en contra de él (de Musa) eran igualmente ciertos; en consecuencia, le quitó todas riquezas que había adquirido y le desterró a una distante provincia de su imperio. Otros dicen que le encarceló, y que mandó que estuviera bajo estricta vigilancia, y que lo multó fuertemente, con lo que se volvió tan pobre que tuvo que mendigar para subsistir, entre los árabes, en la tribu de Lakhm, a la que pertenecía, habiendo pagado noventa mil piezas de oro por la multa, que se dice que ascendía a un total de doscientas mil. Musa canceló la mitad de esa suma, pero no pudo pagar el resto y entonces, habiendo movido a compasión a Ibn Al-Muhallab, un preferido de Sulayman, ese cortesano intercedió por él frente al Califa, que absolvió a Musa del pago del resto y le perdonó, habiendo dado la orden, de todas maneras, de destituir a ‘Abdullah, su hijo mayor, del gobierno de África”. (14)

Los historiadores que mantienen la primera de las dos opiniones, es decir, que Musa llegó a Damasco antes de la muerte de Al-Walid, relatan que tan pronto murió Al-Walid, Sulayman llamó a Musa a su presencia y se encolerizó con él por no haber retrasado su llegada a Damasco hasta después de la muerte de Al-Walid y tras su nombramiento como califa:

“Dicen que le dijo, entre otras cosas: ‘Has ido contra mi voluntad, y has desobedecido mis órdenes, y ¡por Allah! cortaré tus recursos, dispersaré a tus amigos y tomaré tus tesoros; te quitaré que se te han conferido por los hijos de Abu Sufran y los hijos de Marwan, aquellos cuyos beneficios has pagado con ingratitud, traicionando las esperanzas que ellos depositaron en ti’.

Y Musa respondió: ‘Por Allah, ¡Oh Comandante de los Creyentes! No me cargue con las faltas de otros; siempre he sido leal a los califas de su familia, así como a sus predecesores en el gobierno; siempre me he mostrado en toda ocasión como el servidor agradecido de aquellos que me han protegido y me han ensalzado. En cuanto a lo que dice, Oh Comandante de los Creyentes, de que cortará mis recursos, esparcirá a mis amigos y tomará mis tesoros, eso queda en manos de Allah, el Poderoso, Quien es el árbitro de las fortunas de los hombres, y puede retirar cuando Él quiera los favores que concede a Sus criaturas. En Él confío, Oh Comandante de los Creyentes, porque Él es el refugio de los que son acusados de crímenes que nunca han cometido, y que son tratados con un castigo que no merecen’.

Sulayman ordenó entonces que Musa fuera expuesto al sol, y sus órdenes fueron inmediatamente cumplidas: se le dejó de pie ante un sol hirviente, y el estar bajo asthma, el calor excesivo, aunado a la fatiga de estar muchas horas de pie, aumentó su mal más violentamente que nunca, y estuvo a punto de morir de sofocación varias veces, permaneciendo en ese estado hasta que ‘Umar ibn ‘Abd’al-‘Aziz, a quien Sulayman hubo enviado para ver que sus órdenes respecto a Musa se estuvieran cumpliendo cabalmente, llegó al lugar y le encontró desmayado.

Se sabe que ‘Umar dijo algún tiempo luego de eso, ‘En verdad nunca tuve un día peor en toda mi vida; nunca estuve tan tristemente afligido como ese día, en que vi al viejo guerrero, a quien Allah se había complacido en concederle tantos favores, luego de tantas batallas peleadas por la causa de Allah y el Din verdadero, y luego de muchas victorias conseguidas, hallarse en esa condición miserable. Fui directamente donde Sulayman , y cuando me vio me dijo: “¿Qué significa esto, Oh Abu Hafs? Creo que en verdad no quieres obedecerme”’. ‘Umar dijo: ‘Pensé que era una oportunidad favorable, y le dije: “¡Oh Comandante de los Creyentes! Musa es un hombre viejo y enfermizo, está sujeto al asthma y, ¡por Allah!, tú serás la causa de su muerte; he venido a implorar que le perdones. Toma en cuenta que este viejo guerrero ha luchado larga y bravamente por la causa de Allah y su Din, y que ha sido la vía para ganar muchas victorias por las cuales los musulmanes se han enriquecido”’. ‘Umar añadió: ‘Y quien me impida hablar haciéndolo como lo hago en su favor, ¡le negaré toda lealtad y le odiaré por ello!’ ”. (15)

Estas palabras provocaron que Sulayman sacara a Musa del castigo del sol, y fue luego liberado con la condición de que pagara una pesada multa, que algunos dicen que ascendía a tres millones de dinares.

Sulayman también escribió a sus generales en Andalus ordenándoles que asesinasen al hijo de Musa, ‘Abd’al-‘Aziz, al que Musa había dejado para que gobernase en su nombre y quien, en ausencia de su padre, había hecho mucho para unificar a los musulmanes, fortificar las fronteras y, en general, consolidar la conquista tomando muchas ciudades que habían escapado al ojo de su padre. ’Abd’al-‘Aziz en consecuencia, fue asesinado en el año 716, mientras leía la sura del Corán llamada Al-Waqi’a, "El acontecimiento":

“Dicen que cuando llevaron la cabeza de ‘Ab’al-‘Aziz a Damasco, el califa Sulayman llamó a su presencia a Musa ibn Nusayr y se la mostró. ‘Sabes de quién es esta cabeza?’ le preguntó Sulayma al desdichado padre. ‘Sí, lo sé’, respondió Musa, ‘es la cabeza de un hombre que ayunó e hizo oraciones. Que la maldición de Allah caiga sobre ella si su asesino era un hombre mejor que él’”. (16)

Musa ibn Nusayr murió poco tiempo después, sin poseer nada. Todos los historiadores que han escrito sobre la vida de Musa están de acuerdo en describirle como un hombre de intrépido valor y grandes habilidades que nunca perdió una batalla. Al Hiyazi dice:

“Siempre se rodeaba de hombres santos y amigos virtuosos, a los que Allah el Todopoderoso seleccionaba para que fuesen los instrumentos de Su gloria y poder, y fuesen asimismo el medio para consolidar la fama de Musa, una fama que durará a través de los días y las noches y que el curso de los tiempos no perjudicará; a pesar de que fue empañada en su tiempo, al devenir la víctima de ese cruel enemigo, contra el que un hombre de nobles sentimientos no tiene poder: me refiero a la envidia y el odio, dos vicios muy comunes en personas de mente estrecha”. (17)