Según
relata Ibn Hayyan, Musa restableció su confianza y amistad en
Tariq una vez hubo establecido su liderazgo y, juntos, conquistaron
casi todo el resto de la Península Ibérica. Obviamente,
parte de su éxito se debió a la colaboración que
recibieron por parte de los esclavos tiranizados y los oprimidos judíos
en Andalus. En palabras del profesor Graetz:
“Los
judíos de África ... y sus infortunados correligionarios
de la Península hicieron causa común con el conquistador
musulmán, Tariq ...
Luego
de la batalla de Xeres, en julio del 711, y de la muerte de Roderick,
el último rey visigodo, los victoriosos árabes siguieron
adelante y en todo lugar eran apoyados por los judíos. En cada
ciudad que conquistaban, los generales musulmanes estaban en capacidad
de dejar sólo una pequeña guarnición de sus tropas,
al tener necesidad de todos sus hombres para someter al país;
dejándoles, así, bajo el cuidado de los judíos.
De esta manera los judíos, que antes habían sido siervos,
se convirtieron en los señores de las ciudades de Córdoba,
Granada, Málaga y varias otras. Cuando Tariq se apareció
frente a la capital, Toledo, sólo la encontró ocupada
por una pequeña guarnición ...
Mientras
los cristianos estaban en la iglesia, rezando por la seguridad
de su país y de su religión, los judíos se lanzaban
a abrir los portones a los victoriosos árabes, recibiéndoles
con aclamaciones y vengándose, así, por las tantas miserias
que habían caído sobre ellos ... La capital fue confiada
por Tariq a la custodia de los judíos ...
Finalmente,
cuando Musa ibn Nusayr, el gobernador de África, envió
un segundo ejército a España y conquistó otras
ciudades, también los confió al cuidado de los judíos”.
(8)
Más
aun, los habitantes de Andalus quedaron muy impresionados por la tolerancia
que los musulmanes les ofrecían cuando cesaba la resistencia
activa, una tolerancia que los católico romanos, como ya hemos
visto en Por la Causa de Cristo, no habían mostrado mientras
estaban en el poder:
“Se
conserva un texto de un pacto, fechado en el año 713, que se
acordó entre el caudillo árabe, ‘Abd’al-‘Aziz,
hijo y sucesor de Musa ibn Musair y el príncipe visigodo de
Murcia, Teodomiro, en la rendición de la ciudad de Orihuela
...
Los
cristianos quedaban autorizados a mantener sus iglesias y monasterios
y los judíos sus sinagogas. Además podían conservar
la mayoría de sus posesiones personales. Los visigodos no sólo
habían adoptado el sistema de impuestos romano, con sus múltiples
cargas, sino que además habían perpetuado los latifundios,
grandes extensiones de terreno trabajadas por esclavos. Cuando los
musulmanes tomaron posesión de la tierra, muchos de estos
terrenos fueron divididos y entregados a los tenedores de los respectivos
lugares.
Los
esclavos fueron liberados en su mayoría, bien porque aceptaban
el Islam (ya que ningún cristiano ni judío estaba autorizado
a tener a musulmanes por esclavos), o porque podían ir comprando
su libertad gradualmente, cosa que no les estaba permitida bajo las
leyes visigóticas.
Además
del impuesto general que pagaban todos los ciudadanos, los cristianos
y judíos debían pagar uno personal en lugar de tener
que cumplir el servicio militar. Además, este impuesto iba
en proporción de acuerdo con la clase profesional de cada uno,
mientras que las mujeres, niños, monjes, inválidos,
enfermos, mendigos y esclavos quedaban exentos de él.
Las
comunidades cristianas y judías mantenían una jurisdicción
autónoma en las disputas en las que no se veían involucrados
los derechos de los ciudadanos musulmanes. También tenían
sus propios líderes, obispos o "condes" (comités),
que les representaban ante el gobierno musulmán ...
Lógicamente,
esto resultaba bastante distinto para aquellos cristianos y judíos
que se resistían hasta el fin. Ellos y sus propiedades eran
considerados como botines, a no ser que abrazaran la fe islámica.
Esto
no era esencialmente una cuestión de creencia, porque “no
hay compulsión en la transacción de la vida”,
como dice el Corán. Se trataba solamente de aceptar Islam.
Nadie ponía en tela de juicio la sinceridad de la conversión
porque se asumía que la fe crecería por sí misma,
dependiendo del grado en que se observaran las leyes dadas por Dios”.
(9)
No
obstante, la mayoría de los habitantes de Andalus aceptaron el
Islam libremente; de manera especial aquellos que habían estado
oprimidos bajo el gobierno de la pequeña élite católico-romana.
Se favorecieron los matrimonios mixtos y en un tiempo relativamente
corto la práctica básica del Islam, que es muy simple
y recta, se extendió a lo largo y ancho del país.
Muchos
de los que se rindieron durante el combate fueron mantenidos como
esclavos, siendo responsabilidad de sus dueños cuidar de ellos. Hay que
recordar que la forma de esclavitud introducida en Andalus por los musulmanes
era muy distinta de aquella a la que reemplazó. La esclavitud
es algo que ha existido siempre de una forma u otra, y aunque la palabra
connota casi invariablemente imágenes mentales de explotación
y maltrato, éste no es siempre el caso.
Aunque
no todos los musulmanes durante los últimos catorce siglos han
seguido el ejemplo del Profeta Muhammad en la manera en que se trataban
a los esclavos, es importante recordar que de acuerdo a sus enseñanzas,
que la bendición y la paz de Allah sean con él, la posición
de un esclavo no es una de servilidad, sino una de honor. Lo siguiente,
por ejemplo, ha sido relatado por Ma’rur ibn Su’ud:
"Vi
a Abu Dharr con una capa puesta y me di cuenta que su esclavo llevaba
otra igual. Le pregunté acerca de esto y me explicó
en el tiempo del Santo Profeta, que la bendición y la paz de
Allah sean con él, tuvo un altercado con un hombre e hizo que
este último se avergonzara, haciendo alusión a su madre:
‘Entonces, el Santo Profeta me dijo: ‘Todavía quedan
en ti huellas de la cultura preislámica (lit. jahiliyya, que
significa ignorancia y arrogancia). Tus sirvientes son tus hermanos
que tu Señor ha puesto bajo tu autoridad. Aquel que tiene un
hermano bajo su autoridad deberá alimentarle con lo que él
se alimenta y debe vestirle con lo que él se viste. Tampoco
les asignéis una tarea que esté por encima de sus fuerzas;
y si lo hacéis ayudadles a llevarla a cabo’" (Bujari
y Muslim). (10)
La
práctica de tener esclavos era entonces una misericordia para
aquellos que, si no hubiesen sido tomados como esclavos, se habrían
quedado viviendo como huérfanos, viudas, sin hogar, enfermos
o abandonados al término de una determinada batalla, suponiendo
claro que se siga el ejemplo del Profeta Muhammad, quien enseñó
que la más noble acción hacia un esclavo por parte de
su dueño, era la de enseñarle lo que él sabía,
liberarle y, si se trataba de mujeres, casarse con ellas, y éste
es el ejemplo que muchos de los primeros musulmanes de Andalus, incluyendo
a Tariq ibn Ziyad que era él mismo un esclavo liberto, siguieron.
Musa
ibn Nusayr permaneció tres años en Andalus. Junto con
Tariq ibn Ziyad estableció Islam en todas partes excepto en el
ángulo noroeste de la Península Ibérica. Un pequeño
grupo de católicos romanos, encabezados por un hombre llamado
Pelayo, se refugió en Covadonga, donde los altos lugares y escondidas
gargantas de Asturias les proporcionaban una amplia cobertura. En este
punto, como Al-Maqqari –citando a Ibn Hayyan- señala, fue
donde los cristianos con el tiempo se reagruparon y partiendo de ahí comenzaron
a descender hacia Andalus:
“El
comienzo de la rebelión ocurrió así: no hubo
ciudad, pueblo o poblado en Galicia que no estuviera en manos de los
musulmanes, excepto una cordillera de montañas escarpadas en
la que este Pelayo se refugió con un puñado de hombres:
allí sus seguidores empezaron a morir de hambre hasta que vio
el número de su gente reducida a treinta hombres y diez mujeres,
sin más comida para sobrevivir que la miel que ellos mismos
tomaban de las grietas de la roca en la que ellos mismos habitaban,
como las abejas.
Como
sea, Pelayo y su gente se fortificaron gradualmente en los pasos
de las montañas hasta que los musulmanes tomaron conocimiento
de sus preparativos, más percibiendo cuán pocos eran
no hicieron caso al consejo que se les dio y les permitieron reunir
fuerzas, diciendo, ¿Qué son treinta bárbaros
encaramados sobre las rocas?. Inevitablemente morirán’.
Quisiera
Dios que los musulmanes hubieran en aquel entonces extinguido esas
chispas de un fuego que estaba destinado a consumir” todos los
dominios del Islam en esas zonas; pues, como Ibn Sa’id observó
juiciosamente, ‘El desprecio en que los musulmanes tuvieron
en aquellos días a esas montañas y a los pocos infelices
seres que se refugiaron allí, probó con el tiempo ser
la principal causa de las numerosas conquistas que en la posteridad
el propio Pelayo sería capaz de hacer en el territorio de los
musulmanes, conquistas –añade este excelente historiador-
que se han incrementado tanto en estos últimos años,
que el enemigo de Dios ha reducido muchas ciudades populosas, y así
es que al momento en que escribo, la magnífica ciudad de Córdoba,
la espléndida capital del imperio musulmán de Andalus,
la corte de los califas de la ilustre casa Umayyah, ha caído
en las manos de los infieles. ¡Que Dios acabe con ellos!”.
(11)
Al-Maqqari
continúa:
“Ibn
Sa’id tenía razón; las fuerzas de Pelayo se fueron
incrementando hasta que abiertamente tomó el estandarte de
la revuelta: le sucedió Alfonso, el progenitor de todos los
reyes cristianos conocidos por ese nombre. Este Alfonso resistió
igualmente la autoridad de los musulmanes, contra los que llevó
a cabo una incesante guerra; su poder e importancia, así como
sus provincias, se incrementaron rápidamente en un radio tal
que difícilmente puede pasarse por alto. Pero al respecto diremos
más en el curso de nuestra narrativa”. (12)
Así,
al principio mismo de todo este asunto, el fin permanecía oculto.
Así es el ying y el yang de la historia.
Regresando
ahora a las conquistas iniciales de Musa y Tariq en Andalus, cuando
Musa alcanzó los Pirineos, él, así como Tariq,
propuso conquistar todo el Sur de Francia, y luego marchar a lo largo
del Sur de Europa hasta que se juntara con los musulmanes en el este,
que para este tiempo habían alcanzado las tierras habitadas por
los paulicianos cerca de Constantinopla, y que, como ya hemos visto
en Por la Causa de Cristo, se habían combinado con los seguidores
unitarios de Jesús en su lucha contra la persecución de
la Iglesia Trinitaria Oficial que había sido iniciada por la
Emperatriz Teodora. De todos modos, cuando el Califa de la decadente
dinastía Umayyad en Damasco oyó de la intención
de Musa, así como le había pasado a Musa con Tariq, se
afectó por los celos. Temió que si Musa salía victorioso
de su aventura, entonces él mismo podría ser depuesto.
Por tanto, llamó a Musa y Tariq de regreso a Damasco, y ellos,
reaciamente, dieron la espalda a Narbonne y Europa:
“Musa
se fue de Al-Andalus llevándose a Tariq con él y dejando
a su hijo ‘Ab’al-‘Aziz al mando durante su ausencia.
Llegado a África, donde permaneció por poco tiempo,
partió hacia Damasco, a la corte del Príncipe de los
Creyentes, Al-Walid, califa reinante por entonces, llevando consigo
todo el botín de Andalus, que consistía en treinta pellejos
llenos de monedas de oro y plata, collares de inestimable valor, perlas,
rubíes, topacios y esmeraldas, aparte de costosas túnicas
de todo tipo. Le acompañaban mil cien prisioneros, hombres,
mujeres y niños, de los cuales cuatrocientos eran príncipes
de sangre real.
Cuando
se acercaba a Damasco, Musa fue informado de que Al-Walid estaba
gravemente enfermo y no se esperaba que sobreviviese; recibió la carta
de su hermano y heredero, Sulayman, pidiéndole que retrasara
su entrada en Damasco hasta que su hermano hubiese muerto y él
estuviera en el trono. Pero en lugar de cumplir con su petición,
Musa apresuró su marcha y llegó a Damasco con todo su
séquito antes de la muerte del califa. A pesar de todo, a causa
del precario estado de su salud, Musa no pudo presentarle sus tesoros
y Al-Walid murió sin poder apreciar, como el caso merecía,
tantas cosas exóticas que llevaba Musa”. (13)
Si
Musa llegó a Damasco antes o después de la muerte de
Al-Walid es un hecho discutido por los historiadores:
“Aquellos
que se inclinan por la segunda opinión pretenden que Sulayman,
que sucedió a su hermano en el califato, tenía mala
disposición hacia Musa, causada por cargos y quejas alegados
contra él por Tariq y Mughayth, quienes, habiéndole
precedido en la corte, informaron al califa de su rapacidad e injusticia,
refiriéndole de qué forma se había apropiado
de la famosa mesa y había privado a Mughayth de su noble cautiva.
Además, Musa fue acusado de esconder una joya más valiosa
que la que cualquier rey hubiera poseído desde la conquista
de Persia.
Por
ello, cuando Musa llegó a Damasco, se encontró a Sulayman
con muchos prejuicios contra él; y el monarca lo recibió
de mal humor; lo reprendió severamente y le hizo varios reproches
y acusaciones, a las que él trato de responder tan bien como
supo. Entonces le pidió que le mostrara la mesa, lo que fue
hecho, tras lo cual Sulayman le dijo: ‘Tariq alega que fue él,
y no tú, quien la encontró’. ‘Ciertamente
no’, respondió no. ‘Si alguna vez Tariq vio esta
tabla, estaba en posesión mía y de nadie más’.
Entonces
Tariq, dirigiéndose al Califa, le pidió que preguntara
a Musa acerca de la pata que faltaba (en la mesa) y ante la respuesta
de Musa de que él ‘la había encontrado en ese
estado y que a fin de suplir la deficiencia había mandado hacer
otra pata’, Tariq sacó triunfantemente de debajo de su
túnica una pata idéntica, lo que convenció inmediatamente
a Sulayman de la verdad de las aseveraciones de Tariq y de la mentira
de Musa. Esto llevó al Califa a suponer que todos los otros
cargos en contra de él (de Musa) eran igualmente ciertos; en
consecuencia, le quitó todas riquezas que había adquirido
y le desterró a una distante provincia de su imperio. Otros
dicen que le encarceló, y que mandó que estuviera bajo
estricta vigilancia, y que lo multó fuertemente, con lo que
se volvió tan pobre que tuvo que mendigar para subsistir, entre
los árabes, en la tribu de Lakhm, a la que pertenecía,
habiendo pagado noventa mil piezas de oro por la multa, que se dice
que ascendía a un total de doscientas mil. Musa canceló
la mitad de esa suma, pero no pudo pagar el resto y entonces, habiendo
movido a compasión a Ibn Al-Muhallab, un preferido de Sulayman,
ese cortesano intercedió por él frente al Califa, que
absolvió a Musa del pago del resto y le perdonó, habiendo
dado la orden, de todas maneras, de destituir a ‘Abdullah, su
hijo mayor, del gobierno de África”. (14)
Los
historiadores que mantienen la primera de las dos opiniones, es decir,
que Musa llegó a Damasco antes de la muerte de Al-Walid, relatan
que tan pronto murió Al-Walid, Sulayman llamó a Musa a
su presencia y se encolerizó con él por no haber retrasado
su llegada a Damasco hasta después de la muerte de Al-Walid
y tras su nombramiento como califa:
“Dicen
que le dijo, entre otras cosas: ‘Has ido contra mi voluntad,
y has desobedecido mis órdenes, y ¡por Allah! cortaré
tus recursos, dispersaré a tus amigos y tomaré tus tesoros;
te quitaré que se te han conferido por los hijos de Abu Sufran
y los hijos de Marwan, aquellos cuyos beneficios has pagado con ingratitud,
traicionando las esperanzas que ellos depositaron en ti’.
Y
Musa respondió: ‘Por Allah, ¡Oh Comandante de los
Creyentes! No me cargue con las faltas de otros; siempre he sido leal
a los califas de su familia, así como a sus predecesores en
el gobierno; siempre me he mostrado en toda ocasión como el
servidor agradecido de aquellos que me han protegido y me han ensalzado.
En cuanto a lo que dice, Oh Comandante de los Creyentes, de que cortará
mis recursos, esparcirá a mis amigos y tomará mis tesoros,
eso queda en manos de Allah, el Poderoso, Quien es el árbitro
de las fortunas de los hombres, y puede retirar cuando Él quiera
los favores que concede a Sus criaturas. En Él confío,
Oh Comandante de los Creyentes, porque Él es el refugio de
los que son acusados de crímenes que nunca han cometido, y
que son tratados con un castigo que no merecen’.
Sulayman
ordenó entonces que Musa fuera expuesto al sol, y sus órdenes
fueron inmediatamente cumplidas: se le dejó de pie ante un
sol hirviente, y el estar bajo asthma, el calor excesivo, aunado a
la fatiga de estar muchas horas de pie, aumentó su mal más
violentamente que nunca, y estuvo a punto de morir de sofocación
varias veces, permaneciendo en ese estado hasta que ‘Umar ibn
‘Abd’al-‘Aziz, a quien Sulayman hubo enviado para
ver que sus órdenes respecto a Musa se estuvieran cumpliendo
cabalmente, llegó al lugar y le encontró desmayado.
Se
sabe que ‘Umar dijo algún tiempo luego de eso, ‘En
verdad nunca tuve un día peor en toda mi vida; nunca estuve
tan tristemente afligido como ese día, en que vi al viejo guerrero,
a quien Allah se había complacido en concederle tantos favores,
luego de tantas batallas peleadas por la causa de Allah y el Din verdadero,
y luego de muchas victorias conseguidas, hallarse en esa condición
miserable. Fui directamente donde Sulayman , y cuando me vio me dijo:
“¿Qué significa esto, Oh Abu Hafs? Creo que en
verdad no quieres obedecerme”’. ‘Umar dijo: ‘Pensé
que era una oportunidad favorable, y le dije: “¡Oh Comandante
de los Creyentes! Musa es un hombre viejo y enfermizo, está
sujeto al asthma y, ¡por Allah!, tú serás la causa
de su muerte; he venido a implorar que le perdones. Toma en cuenta
que este viejo guerrero ha luchado larga y bravamente por la causa
de Allah y su Din, y que ha sido la vía para ganar muchas victorias
por las cuales los musulmanes se han enriquecido”’. ‘Umar
añadió: ‘Y quien me impida hablar haciéndolo
como lo hago en su favor, ¡le negaré toda lealtad y le
odiaré por ello!’ ”. (15)
Estas
palabras provocaron que Sulayman sacara a Musa del castigo del sol,
y fue luego liberado con la condición de que pagara una pesada
multa, que algunos dicen que ascendía a tres millones de dinares.
Sulayman
también escribió a sus generales en Andalus ordenándoles
que asesinasen al hijo de Musa, ‘Abd’al-‘Aziz, al
que Musa había dejado para que gobernase en su nombre y quien,
en ausencia de su padre, había hecho mucho para unificar a los
musulmanes, fortificar las fronteras y, en general, consolidar la conquista
tomando muchas ciudades que habían escapado al ojo de su padre.
’Abd’al-‘Aziz en consecuencia, fue asesinado en el
año 716, mientras leía la sura del Corán llamada
Al-Waqi’a, "El acontecimiento":
“Dicen
que cuando llevaron la cabeza de ‘Ab’al-‘Aziz a
Damasco, el califa Sulayman llamó a su presencia a Musa ibn
Nusayr y se la mostró. ‘Sabes de quién es esta
cabeza?’ le preguntó Sulayma al desdichado padre. ‘Sí,
lo sé’, respondió Musa, ‘es la cabeza de
un hombre que ayunó e hizo oraciones. Que la maldición
de Allah caiga sobre ella si su asesino era un hombre mejor que él’”.
(16)
Musa
ibn Nusayr murió poco tiempo después, sin poseer nada.
Todos los historiadores que han escrito sobre la vida de Musa están
de acuerdo en describirle como un hombre de intrépido valor y
grandes habilidades que nunca perdió una batalla. Al Hiyazi
dice:
“Siempre
se rodeaba de hombres santos y amigos virtuosos, a los que Allah el
Todopoderoso seleccionaba para que fuesen los instrumentos de Su gloria
y poder, y fuesen asimismo el medio para consolidar la fama de Musa,
una fama que durará a través de los días y las
noches y que el curso de los tiempos no perjudicará; a pesar
de que fue empañada en su tiempo, al devenir la víctima
de ese cruel enemigo, contra el que un hombre de nobles sentimientos
no tiene poder: me refiero a la envidia y el odio, dos vicios muy
comunes en personas de mente estrecha”. (17)